El último templo de Manrique

El inmueble que habitó el artista lanzaroteño antes de morir acaba de convertirse en una Casa-Museo

16.08.2013 | 11:32
El artista lanzaroteño César Manrique en la última casa que habitó, ahora Casa-Museo César Manrique Haría.
El artista lanzaroteño César Manrique en la última casa que habitó, ahora Casa-Museo César Manrique Haría.

Si los grandes artistas sobreviven en sus obras, César Manrique (1919 - 1992) respira entre las coladas lávicas y las casas anacaradas de Lanzarote, donde su mirada transformó los filamentos de la isla de los volcanes a través del arte. Aunque su laureada trayectoria se desarrolló en múltiples lugares, desde Arrecife hasta Nueva York, el último hogar que habitó el mítico creador lanzaroteño, ubicado en el municipio norteño de Haría, encierra en su interior el complejo mosaico del alma de Manrique. La propia fisonomía del inmueble pertenece a un diseño esbozado por el artista, de manera que el conjunto de la obra se erige como una de sus huellas más íntimas, además de radicarse en la isla de Lanzarote, que no solo constituyó el marco principal de la vida de Manrique, sino también el lienzo donde pintó su obra.
La antigua vivienda de César Manrique localizada en Haría, donde residió durante los cuatro últimos años de su vida, entre 1988 y 1992, acaba de ser restaurada, sin apenas modificaciones, para reconvertirse en la Casa-Museo César Manrique Haría (Cmcmh), que abrirá sus puertas al público a partir del próximo lunes. Los lazos que mantuvo Manrique, originario de Arrecife, con el pintoresco municipio de Haría se remiten a los años 70, pero su legado puede admirarse en el presente en las excelentes obras de carácter público que perviven en la zona: los Jameos del Agua y el Mirador del Río, así como otras dos piezas en las que también intervino el creador, que son la ermita de Máguez y el pequeño Mirador de Malpaso.
Diez años después de su instalación definitiva en la isla de Lanzarote, Manrique acometió el proyecto de su anhelado hogar hariano en 1987, con el firme objetivo de edificar "una casa más campesina y con más calor humano que la anterior", según expresó el propio Manrique. Por aquel entonces, la isla había iniciado su desbocado desarrollo turístico, ante el que Manrique se pronunció a través de varias propuestas de modelos de intervención de carácter sostenible. En el año 1974, Manrique publicó el libro catálogo Lanzarote. Arquitectura inédita, donde plasmó sus inquietudes con respecto a la protección del patrimonio natural y la arquitectura local.
El terreno sobre el que se cimentaría su nueva vivienda albergaba en sus inicios una antigua casa de labranza en ruinas, custodiada por dos largos pozos de agua. Después de abandonar la vivienda que disfrutaba en Taro de Tahíche, actual sede de su Fundación, César Manrique se retó a erigir un nuevo hogar en "el valle de las diez mil palmeras" porque aunaba a un tiempo el sosiego del campo y el bullicio de la vida local.
Cercada por amplios enarenados, la edificación se alza en el corazón de una finca de 12.000 metros cuadrados, poblada por esbeltas palmeras cuyo silencio es la única música que se escucha. A pesar del espíritu modernista de Manrique, el estilo arquitectónico que vertebra su vivienda es de corte tradicional, al igual que el que perfila la mayoría de las casas blancas de Lanzarote, cuyas notas de color emanan de los dinteles verdiazules, los balcones de madera o la explosión de las palmeras. Sin embargo, el resultado final refleja con nitidez la identidad personal y artística de Manrique, cuya vida y obra pivota en torno a la pureza de la naturaleza, que luego el artista moldea y eleva al idílico terreno del arte. En este sentido, la miscelánea de creaciones que alberga el antiguo hogar de Manrique es un espejo de su carácter, donde confluyen la pintura, la escultura, los murales y los diseños arquitectónicos, con la naturaleza rural como telón de fondo.
La superficie de la Casa-Museo aglutina cinco habitaciones, tres baños, un salón, dos patios y una galería, adosados en su totalidad al magnífico taller donde se gestaban sus pinturas. El amplio salón alberga una gran chimenea construida a base de piedras volcánicas, así como una resplandeciente colección de cerámicas fabricadas en la isla. Pero, además, la casa también aloja infinitos elementos de variada naturaleza, desde vasijas, llaves y alfombras hasta cristales, telas y esculturas africanas, que comparten una doble vertiente funcional y estética. El diseño convencional de la casa coexiste en perfecta armonía con el desfile de elementos decorativos vanguardistas que lucen las paredes del hogar, de manera que la integración de la tradición rural y las concepciones modernas constituye una vez más el paisaje ideal de Manrique. Según el creador, esta inclinación no obedece solo a su pasión por la belleza, sino a su amor por la vida.
Sin embargo, el verdadero amor y la gran obra de César Manrique fue Lanzarote. Tanto la trayectoria como el corazón del artista se enraizaron siempre en su isla natal, a la que quiso dar voz a través de sus diversos lenguajes creativos. En el libro La palabra encendida, el artista defiende el verdadero amor por las islas a través de la condena y la denuncia, así como con la aplicación del talento artístico como medio para intervenir en la realidad. Cuando Manrique se trasladó a la ciudad de Nueva York, donde vivió entre 1964 y 1966, y se impregnó del espíritu de cultura urbana de masas y del arte-pop, la correspondencia epistolar que intercambió con su íntimo amigo Pepe Dámaso pone de manifiesto el anclaje de Manrique para con su tierra: "Más que nunca siento verdadera nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje y por mis amigos (...) Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento".
Amante de la naturaleza y crítico acérrimo de la artificialidad de las ciudades modernas, así como de su progresivo deterioro y contaminación, Manrique desarrolló una activa labor de defensa de las infinitas posibilidades que observaba en Lanzarote, a partir de sus estudios y reflexiones sobre los paisajes de la Isla, así como del desbordamiento urbanístico y las agresiones medioambientales que acusaban las ciudades. Convencido de que la denuncia "es siempre positiva y válida cuando va cargada de razón y como recuperación de lo justo", el artista compaginó su trabajo creativo con un activo compromiso social para con el territorio insular. Sus intervenciones en obras públicas siempre partieron de un diálogo respetuoso con el medio ambiente, pero paralelo a un profundo deber moral de fomentar la cultura y la educación.
Según el propio creador, el amor por Lanzarote se gestó en su infancia más temprana, dado que desde sus primeros años conoció la humildad, la pobreza y la enorme diáspora que emprendieron muchos de sus contemporáneos a causa de la miseria y la escasez de recursos que sufrían los pueblos lanzaroteños. Ese arsenal de recuerdos dejó una fuerte impronta en algún ángulo de su conciencia que, con el paso de los años, se transformó en un reto personal de demostrarse a sí mismo y a sus coetáneos "que no estaba equivocado con lo que pensaba podría ser esta maravillosa isla".

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