´el oro del rin´ en el festival wagneriano 2013 

Del oro amarillo al negro

Los alemanes reciben con frialdad la representación materialista del robo del tesoro perpetrado por los nibelungos en las profundidades del sagrado Rhin

16.08.2013 | 02:00
Armados con bates de beisbol, los gigantes Fasolf y Fafner exigen el botín de la diosa Freia.
Armados con bates de beisbol, los gigantes Fasolf y Fafner exigen el botín de la diosa Freia.

No gustó a los alemanes una interpretación simplemente materialista del oro robado por los nibelungos en las profundidades del sagrado Rin. Ese oro es para muchos un símbolo de la cultura ancestral germánica, no un valor de cambio como el petróleo, sin embargo extraído del fondo de la tierra y tan mítico en algunos aspectos como el tesoro del río. Del oro amarillo al oro negro, traza la dramaturgia de Frank Castorf, escenógráfo de esta esperada Tetraología del Bicentenario de Wagner, una curva más radical en la apariencia que en el fondo.
Los violentos abucheos que alternan con las aclamaciones al final del drama-prólogo, El oro del Rin, describen, como es habitual en el Bayreuth de hoy, la divisoria entre el conservadurismo y la innovación. Castorf ha sido vapuleado por casi toda la prensa europea, sin detenerse a tener en cuenta la significación planetaria del petróleo, mucho más determinante que la de oro en términos empíricos y filosóficos.
El petróleo también es generador de cultura desde que el primer Rockefeller empezó a explotarlo industrialmente en Tejas, a mediados del siglo XIX. A partir de entonces, toda la filosofía del pesimismo, desde Kierkegaard hasta Heidegger, ha desarrollado pensamientos y sistemas identificables con el progreso de la infelicidad humana vinculada de cerca o de lejos a la extracción y explotación del petróleo, tesoro robado la Tierra para engendrar guerras de sangre y de poder, de traición, esclavitud o dominación, y creadora, en definitiva, de la ontología del "más desdichado" que Kierkegaard anticipó en 1843 y cita Castorf como base ideológica de su producción del Anillo del nibelungo.
Se entiende muy bien que la sustitución del mundo decadente de los dioses y el codicioso submundo de los enanos por un motel-gasolinera perdido en Tejas y habitado por caricaturescos tejanos, dioses zafios, diosas prostituidas –sin excluir a la protomadre Erda– y ambiciones de populacho, despierte el horror, el desprecio o el sarcasmo de un público adicto a la fantasía mitológica, pero esto es negar a Wagner el valor universal y la siempre viva actualidad de esta grandiosa concepción tetralógica que centra el interés del Bicentenario en el santuario wagneriano. Pero el que sean los surtidores de combustibles y la gran bombona en superficie los símbolos centrales de esta nueva concepción, va más allá de la dogmática culturalista para proponer reflexiones sobre la desdicha llegada al siglo XXI desde el XIX, localizada en una arquitectura fija que muestra alternativamente sus fachadas sobre una plataforma giratoria y acentúa los conflictos en una pantalla que magnifica lo real sin constituir nuevo relato: o sea, la pantalla-símbolo de la privacidad pérdida y del "voyerismo" patológico de lo que Castorf entiende como cultura del petróleo en un gran relato del poder estatal o empresarial que es, también en sus ideas, una critica del capitalismo que involuciona en marcha hacia la bestialidad de la protohistoria germánica.
Los que abuchean intentan duplicar su reacción con aplausos entusiastas a la realización musical, siempre soberbia en la orquesta del Festival pero en este caso incentivada por un joven director ruso, Kirill Petrenko, que da un salto repenteino al primer nivel internacional con este trabajo wagneriano. Su concepto es minimalista cuando conviene, muy aplicado al subrayado de los acontecimientos de cada una de las cuatro escenas de la obra y a sus significantes tanto éticos como estéticos, pero colosal cuando toca levantar el sonido en los escasos climax del Rheingold. Un trabajo de artista y de artesano a la vez, creativo y descriptivo, lleno de imaginación en su respeto a la partitura. El oyó la ovación más cálida. Entre las voces, la más celebrada fue la de Martin Winkler en un Alberich magistralmente conducido desde la grosera rudeza texana hasta los acentos apocalípticos de la maldición del Anillo. De menos a a más, el Wotan de Wolfgang Koch acabó llenando las expectativas. Impresionó el Fasolt de Günther Groissbock, y convenció el Loge de Norbet Ernst. Todos los demás se integraron con nivel estimable, si no admirable, en un conjunto muy cohesionado por
los directos escénico y musical. El gran mechero de Loge encendido reiterada y peligrosamente al lado de los surtidores y la cuba, anticipaba un poco lo que probablmente va a ser la caída de los dioses.

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