Madeira, un vergel en el Atlántico

La isla se presenta como un oasis en medio del océano, a tan solo 416 kilómetros del Archipiélago canario

16.08.2013 | 10:36
Madeira, un vergel en el Atlántico
Madeira, un vergel en el Atlántico

La isla se presenta como un oasis en medio del océano, a tan solo 416 kilómetros del Archipiélago canario y que cada año atrae a más de 1,5 millones de turistas. Binter ofrece vuelos diarios al destino durante los meses de verano. Tras poco más de una hora en el avión, sobrevolando el Atlántico, los primeros vestigios de tierra se vislumbran a través de la ventanilla.

La sombra oscura sobre el azul del mar comienza a cobrar forma y poco a poco se abre a una amalgama de colores en el que el predominante es el verde. A medida que se acerca el momento del ansioso aterrizaje, la isla comienza a perder el halo liliputiense que le otorga la lejanía aérea. Los tejados anaranjados dan paso a las casas, casi iguales a golpe de primera vista, de tonos cálidos, que se antojan como salpimentadas en medio de una copiosa vegetación. "Señoras y caballeros, bienvenidos a Madeira".

La mayor de las islas del archipiélago madeirense, situado a 416 kilómetros al norte de Canarias, atrae cada año a más de 1,5 millones de turistas. Verde y montañosa contrasta con la pequeña Porto Santo y su árido paisaje rodeado de nueve kilómetros de playa de agua cristalina. Apenas visitadas, pero no menos intrigantes, completan la mancha, apenas perceptible en el mapa, las Islas Desiertas y las Islas Salvajes, ambas deshabitadas.

La sensación nada más pisar pavimento es como la de estar en casa por las aparentes similitudes que guarda con algunas ínsulas canarias. Ambos archipiélagos permanecen en constante conexión todo el año gracias a Binter. La aerolínea ofrece vuelos regulares, que en los meses de verano pasan a ser diarios, con la posibilidad de elegir cinco días en semana como punto de partida Gran Canaria, o lunes y viernes Tenerife. Como no podía ser de otra manera, es una planta, el hinojo -que en portugués es funcho- la que da nombre a la capital: Funchal, situada al sur. Pronto, al caminar por sus calles, se descubre el encanto de una ciudad con siglos de historia marcada por presencias como las de Cristóbal Colón, Winston Churchill, Jacques-Ives Cousteau o Saramago.

n pleno casco antiguo, se encuentran serpenteantes en el entramado urbano de la Rua de Santa María, maravillosas puertas decoradas por los artistas de la ciudad en un proyecto que tuvo como fin reactivar el encanto y la economía de la zona. En sus aceras, además de una conciencia ecológica reflejada en un estado de impecable limpieza, se percibe la tranquilidad de sus gentes a juego el ambiente que impregna la localidad. Del mimbre al tuk-tuk Uno de los atractivos más populares de la capital es el paseo aéreo en teleférico, 500 metros sobre el nivel del mar, hasta el Monte. Una opción que combina perfectamente con el descenso hacia Funchal al más puro estilo costumbrista madeirense en los carros de mimbre, adentrándose de lleno en la tradición isleña. En la bajada, a pesar de la velocidad por el alisado asfalto, nunca se ha de perder la sonrisa... hay que evitar, a toda costa, caras fatales en la foto que sacarán, desde no se sabe dónde. Otro espectáculo digno de vivencia para los visitantes es el uso del tuk-tuk, recién instaurado en la capital. En el vehículo triciclo motorizado se cruzarán de nuevo la adrenalina de lo desconocido y el bochorno de ser el centro de las curiosas miradas de los viandantes, poco acostumbrados aún al taxi de tres ruedas.

Sentirse extranjero forma parte de la conciencia colectiva global. Conviven en Funchal lo de antaño y lo actual, en esa lucha de despegue turístico sin perder la esencia de la tradición. Huele Madeira a globalización, a mimbre, a vino de la tierra, a maleza, a fruta tropical, a pescado fresco, a caña de azúcar y a flores. A todo junto huele también el Mercado dos Lavradores, donde los sabores y aromas se funden en productos que hacen de su gastronomía y artesanía un mundo diverso y rico. Bendecida con un clima templado, crecen en la ínsula rosas, agapantos, orquídeas o azucenas, entre otras muchas, con total libertad.

Adentrarse en la naturaleza de la isla portuguesa no es difícil, si se tiene en cuenta que dos tercios de ella son de color verde. Mimetizarse con el entorno es tan sencillo como acudir al Jardín Tropical Monte Palace. Allí confluyen flora, laurisilva, fauna, ejemplares minerales y muestras de arte inspiradas en las culturas china, japonesa, africana y como no, portuguesa. Aunque la verdadera joya, la perla del Atlántico, se encuentra en la costa norte de la isla, en lo que se consolida como uno de los mayores espectáculos naturales catalogado por la Unesco como Patrimonio Mundial.

En más de 15.000 hectáreas de bosque de laurisilva en la que se encuentran especies endémicas como el serbellón, si bien los tonos violáceos y blancos de los agapantos son los que más amenizan el verdor de algunas de sus rutas a través de veredas y levadas -canales para llevar el agua, escarbados entre las rocas- que recorren más de 2.000 kilómetros. Punto de partida de muchas de las levadas es Santana. Un pueblo norteño en el que abundan en las precipitadas laderas cultivos y diminutos establos, que tienen por objetivo reducir el instinto de los animales de granja. Manuel Da Costa es el primero que da la bienvenida con galletas de miel y licor de café, sentado en el interior de su casa, una palhoça con más de 200 años y techo de caña y por la que han pasado cuatro generaciones y miles de visitantes. No muy lejos, contrasta la serenidad centenaria del hogar de Da Costa, con la majestuosidad de una de las 16 quintas clásicas de la isla, Do Furão.

Edificios de estilo palaciego que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX. Con bastante presencia en Madeira, ahora se encuentran reconvertidos en hoteles que evocan la historia del propio archipiélago. Tierra de flores bañada por el Atlántico, cuenta con dos playas artificiales en Calheta y Machico, que concentran a la población de Madeira. La sensación de libertad extrema llega mar adentro, donde aún se puede ver a lo lejos Funchal y zambullirse con cetáceos. Con un poco de suerte y siempre bajo las sencillas indicaciones de los monitores -no tirarse de golpe, no soltarse de la cuerda del barco y no hacer mucho ruido- los delfines, en estado salvaje, saldrán del imaginario para revelarse con impactante nitidez.

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