Tras una habitación propia

Las escritoras canarias del siglo XX han tenido que luchar contra la invisibilidad de ser isleñas y mujeres para intentar abrirse un hueco en las antologías

04.08.2013 | 00:48
La poeta y novelista Josefina de La Torre.
La poeta y novelista Josefina de La Torre.

Las escritoras canarias apenas aparecen en los estudios o antologías que recogen la historia de la literatura en Canarias. Pero esto no se debe a su inexistencia, sino a su invisibilidad. Como enunciaba la escritora Virginia Woolf, las mujeres no han contado tradicionalmente con una "habitación propia", que se refiere a la idea de que, al habérseles negado la posibilidad de disponer de una independencia económica ni social, no han tenido un espacio íntimo y de libertad desde el que poder expresarse y autorrealizarse.
Confinadas en el interior del hogar, las mujeres permanecieron ausentes del mundo intelectual en Canarias hasta comienzos del siglo XX, cuando el desarrollo de la burguesía comercial y la apertura del puerto al exterior favoreció la entrada de nuevos aires modernos, que también impregnaron la actividad literaria. A esto se sumaron los primeros pasos del socialismo y de los movimientos feministas, que impulsaron a muchas mujeres a luchar contra un doble aislamiento: ser mujer y de origen insular. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX se ha desarrollado una importante relación de autoras canarias que han enriquecido enormemente el panorama de la literatura archipielágica por la calidad, pluralidad y frescura de sus poemas y novelas. Entre estas cronistas de las Islas destacan nombres como Tina Suárez, Alicia Llarena, Elsa López, Paula Nogales, María Dolores de la Fe o Dolores Campos-Herrero, entre muchas otras.
Sin embargo, aunque todas contribuyen a la creación de una tradición de literatura escrita por mujeres, que apenas ha contado con referentes anteriores en Canarias, las mismas autoras rehusan adscribirse a a una supuesta corriente de "literatura femenina", como si se tratase de un subgénero. Muchas escritoras coinciden en que cada autora se forja una voz propia dentro del vasto mundo de la literatura, como explicó Cecilia Domínguez en uno de sus ensayos que versa sobre este asunto: "El momento de la creación trasciende o comparte el misterio de un ser que no es ni masculino ni femenino, o es las dos cosas a la vez", señaló.
Al mismo tiempo, otras literatas como, por ejemplo, la autora ecuatoguineana Elsa López, gustan de subrayar su condición de mujer escritora, acaso para reivindicar el ejercicio de superación que han llevado a cabo las mujeres después de tantos años en la penumbra de la historia y de la literatura. En este sentido, la filóloga Blanca Hernández, que ha realizado numerosos estudios sobre las escritoras canarias, aclara: "Lo que sin duda tienen en común estas mujeres es la falta de una tradición literaria hecha por mujeres a la que poder recurrir, pero lo importante no es el debate sobre la existencia o no de una ´literatura femenina´ como tal, sino que se reconozca la obra de tantas mujeres escritoras silenciadas a lo largo de la historia".
El poeta y antólogo Lázaro Santana disiente de la idea de establecer una distinción por género, pero sostiene que la ausencia de nombres femeninos en la historia de la literatura canaria no obedece a una voluntad de omisión sino, directamente, a una menor participación. "La escritura en España ha sido tradicionalmente cosa de hombres y las mujeres han tenido siempre un papel muy menor, no solo en Canarias", expresa, "en las antologías siempre aparecen las escritoras y poetas que demostraron una cierta calidad en sus obras". En efecto, en Canarias ha habido algún intento de compilar y antologar las voces de las escritoras canarias, pero existen pocos estudios que recojan la vida y obra del conjunto de ellas, así como son muchos los nombres que jamás han figurado en una sola antología.
Corrían los primeros años del siglo XX cuando las escritoras canarias comenzaron a inscribir sus versos en los periódicos y suplementos literarios de la época, como Hespérides, La rosa de los vientos, Mensaje o Gánigo. El género que más cultivaron fue la poesía, quizás por su elevado grado de expresividad, aunque muchas lo hicieron bajo seudónimos o desde el anonimato, para evitar las burlas y críticas que sufrían las mujeres que se atrevían a explorar su mundo interior a través de las palabras.
Poetisas
La escritora Ignacia de Lara (1881-1940) dio a conocer en la prensa sus primeros poemas, imbuidos por la línea intimista iniciada por Alonso Quesada. Se trataba de una poesía existencialista y muy intimista, revestida con un tono melancólico y nostálgico que giraba en torno al amor y la religión. Comprometida con las mujeres de su tiempo, Ignacia de Lara desarrolló una importante actividad sociopolítica a favor de la emancipación femenina, que compaginó con una fértil trayectoria literaria en la que también se atrevió con artículos periodísticos y prosa. Además, en esta época se asomaron al universo literario dos escritoras canarias que no figuran en los libros de historia versados en literatura canaria: María Suárez López (1901–s/f) y Mercedes Pinto de Armas (1883–1974). Conocida a los 14 años como la "poetisa canaria", Mercedes Pinto fue una excelente literata cuyas ideas feministas la condenaron al exilio en Montevideo, a raíz de la lectura de un polémico manifiesto en defensa del divorcio en el marco de la férrea dictadura de Primo de Rivera.
Con solo 20 años, Josefina de la Torre (1907–2002) publicó su primer libro de poemas, Versos y estampas, en 1927. Nacida en el seno de una familia de clase burguesa con raíces en Londres o París, la obra poética de Josefina de la Torre es escasa pero rezuma una gran calidad literaria que, en conjunción con sus otras facetas artísticas, la ha erigido como una importante figura intelectual y femenina del siglo XX en Canarias.
Otras voces imprescindibles dentro de la lírica en Canarias, que también han logrado abrirse algún hueco puntual entre las tapas duras de las antologías existentes, fueron las de Chona Madera (1901–1980) y Pino Ojeda (1916–2002). Ambas se iniciaron en la literatura durante su juventud temprana y dieron a conocer sus poemas a través de revistas insulares. Sus versos aúnan un firme compromiso ideológico y social con una vertiente catártica que dota a su producción poética de una fuerte carga emocional. Además, el tono elegíaco e introspectivo que vertebra tanto las obras de ambas como la de Josefina de la Torre es signo de que, al menos durante los comienzos, existían rasgos característicos en la poesía escrita por mujeres. Así lo afirma Blanca Hernández, que señala temas y códigos comunes en el conjunto de las obras femeninas durante la primera mitad del siglo XX: "La maternidad, la soledad, el amor, la entrega o la muerte han sido siempre temas típicos en la literatura escrita por mujeres, lo que no significa que no fuesen de una gran calidad", afirma, "muchas necesitaban desahogar los sentimientos y reflexiones que reprimían día a día y resolvían estos conflictos a través de la escritura".
Reivindicativas
Hernández reivindica la calidad de otras grandes poetas que nunca fueron reconocidas por su labor y cuya incursión en la literatura fue clave en su época, como son los casos de Pino Betancor (1928 - 2003) y Pilar Lojendio (1931–1989). Casada con José María Millares Sall, Pino Betancor, de origen sevillano, inició su trayectoria poética en la capital grancanaria, donde fue pionera en sembrar una interesante poesía de tipo social. Creyente de la palabra como arma para subvertir el orden injusto de las cosas, condenó a través de sus versos los abusos que sufrió la clase obrera durante los difíciles años de posguerra.
Por su parte, la pluma sagaz de Pilar Lojendio tiñó sus escritos con aires provenientes del surrealismo y el creacionismo, que se adelantaron a la recuperación de las vanguardias en Canarias. El peso central de su obra incluye en gran medida aquellos temas tradicionalmente tildados como "femeninos", a saber, la maternidad, su papel como esposa y como ama de casa, pero intercalados con metáforas de una gran carga erótica y sexual, que la convirtieron en una de las primeras mujeres en atreverse a romper con esos tabúes por medio del lenguaje.
Esta generación de autoras del siglo XX sentó las bases para crear un corpus literario que refleja la mirada y el sentir de aquellas mujeres en el marco de los tiempos que les tocó vivir. Ana María Fagundo (1938), Elsa López (1943) y Cecilia Domínguez (1948), entre otras, sondearon su mundo interior y cuestionaron el que les rodeaba y, a través de las páginas de sus libros, dejaron un legado fundamental para la revisión histórica de las mujeres en Canarias. "Ellas se atrevieron a salir al paso y escribir aun cuando se les dijo que eso era cosa de hombres", señala Hernández, "les debemos mucho a ellas, empezando por reconocer lo que han hecho, y seguir en esa dirección, porque aún queda camino por recorrer".
Por ese camino transitan los versos, ensayos y estudios de las últimas generaciones de autoras que aprovecharon el boom de los años setenta y ochenta para forjarse una identidad propia tanto dentro como fuera de Canarias. Estas autoras contemporáneas no tienen que enfrentarse a las restricciones de siglos anteriores pero se embarcan en el hermoso reto de enriquecer el panorama cultural con nuevos estilos e ideas. Al igual que sus predecesoras, Alicia Llarena (1964) despuntó en los diarios a muy temprana edad y, a caballo entre Latinoamérica y Canarias, se ha labrado una fructífera carrera literaria, en la que destaca la elaboración de la biografía de la citada Mercedes Pinto y una producción poética que rezuma una gran riqueza. Otra escritora importante es Tina Suárez (1971), cuya prolífica obra poética sorprende por su estilo rompedor, su provocadora desnudez emocional y su hábil dominio del lenguaje. Se trata de un lenguaje moldeado desde una habitación propia, que contribuye junto con tantas otras escritoras a que la intrahistoria de Canarias esté escrita también por las grandes literatas de su tiempo.

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