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El niño de las cartas de amor

El autor recuerda que empezó a cobrar por escribir con las misivas que hacía a sus compañeros de colegio para las novias

 03:17  

ELENA G. MONTERO
LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
"Espero no ser un hijo que dé disgustos". Estas fueron las últimas palabras que anoche brindó el premio Nobel, Mario Vargas Llosa, a la ciudad de Las Palmas que lo adopta. Intensas fueron las palabras que el escritor dedicó al público, a quien contó cómo floreció la pasión por las letras, por crear y plasmar experiencias.
Con un silencio casi ensordecedor, que el público quiso dedicarle, Mario Vargas Llosa arrancó su discurso rindiendo un sentido homenaje al recién fallecido Carlos Fuentes. "Fue escritor cuya obra ha circulado muchísimo por España, igual que fuera de ella. Un escritor que dejó una huella importante en su tiempo y uno de los que más contribuyó a impulsar el conocimiento de nuestra literatura fuera de las fronteras del idioma".
La comparación que el escritor Armas Marcelo hizo de Vargas Llosa con Pérez Galdós también emocionó al homenajeado. Equipararlo con uno de los grandes escritores del siglo XIX, con sus costumbres y benevolencias, embriagó al escritor, que quiso matizar que los años que hacen que el canario y el peruano se conocen –desde los años 70– hacen que se dibuje más una personalidad de lo que puede ser. "Verme vinculado a él de alguna manera, ahora que estamos en su tierra natal, me conmueve muchísimo", explicó Llosa.
El discurso se centró fundamentalmente en la historia que encierra su novela La ciudad y los perros, la cual terminó de escribir hace "exactamente 50 años" y que apareció un año después por problemas de censura. Para hablar de ella quiso remontarse algunos años atrás para poner al público en situación y que no perdieran detalle. Provocó las risas de los presentes al mencionar a un crítico peruano que dedicó un libro a un poeta –Mariano Melgar– con mucha importancia en su país y al que, al querer remontarse ciertos años atrás –concretamente a la creación del mundo– tan solo pudo dedicarle las últimas páginas del libro.
La novela La ciudad y los perros "nace de la cosa más maravillosa que me ha pasado en la vida", matizó Vargas Llosa, "que fue aprender a leer". Una frontera. Así definió ese momento que, a pesar de contar con tan solo 5 años, lo recuerda tan nítido como si fuera ayer.
El Nobel contó la historia de sus primeros 10 años de vida, en los que vivió entre algodones creyendo que era huérfano de padre y siendo mimado por todos los hombres y mujeres de su familia materna.
Trató de hacer, con éxito, que el público sintiera algo cercano a lo que él experimentó en ese momento, a la edad de 10 años, que calificó anoche como una de las primeras aventuras que vivió semejantes a las que hasta entonces solo leía en los libros. "Entrar en el colegio militar Leoncio Prado fue una de las primeras aventuras que antes solo había conocido a través de la lectura".
El Leoncio Prado era un colegio que ofrecía la formación estrictamente pedagógica y militar al mismo tiempo. Allí Vargas Llosa descubrió que no existía la burbuja en la que había vivido todos esos años. "El Perú en esa época era una sociedad compartimentada en sectores sociales incomunicados entre sí". El Nobel pertenecía a la clase media de Lima, y tenía una visión ínfima de la realidad peruana. Tenía la idea de que su país era una nación completamente occidentalizada y cuando entró a formar parte del colegio militar descubrió la existencia de un mundo completamente diferente al que imaginaba.
"En el colegio Leoncio Prado el Perú estaba representado en su enorme diversidad. Estaban todos los perúes, el de los indios, el de los cholos –mestizos de indio y blanco–... Clases medias y clases humildes. Quizá era la única institución que reproducía en formato pequeño la gran diversidad del país".
La entrada de Mario Vargas Llosa al colegio militar tiene para escribir todos los libros que el Nobel desee. A los 10 años descubrió que no era huérfano de padre. Su madre se había divorciado antes de que el escritor naciese y la familia, conservadora y de creencias muy religiosas, había decidido que era mejor darlo por muerto que dar a conocer tal noticia.
Un día salió a pasear con su madre por el malecón junto al río Piura y entonces "me dijo una de las frases que si recuerdo, aún me hace sentir culebritas por la espalda: "Tu sabes que tu papá no está muerto, tu papá está vivo". Yo no me lo podía creer. Fuimos al hotel de los turistas y cuando vi a ese señor... no se parecía en nada a señor de la fotografía. Este caballero no era tan joven ni tan apuesto como el de la foto. Subimos a un coche y una hora después descubrí que mis padres se habían reconciliado y que abandonaba a mis abuelos y mi familia". En este momento el escritor peruano puso punto y final a su tierna y acomodada infancia para descubrir que el encantamiento y la felicidad que había vivido se terminaban en el mismo instante que comenzaba a vivir con su padre, un hombre tremendamente "severo y para mí un desconocido".
Su padre fue el que decidió que Mario debía ir al colegio militar al conocer la pasión por la lectura y la escritura que tenía su hijo. "Mi padre vio esa disposición con gran preocupación y la literatura estaba muy lejos de sus preocupaciones. Pensaba, además, que el que se dedicaba a ello se moría de hambre, e incluso era poco viril. Creo que me entregué a la literatura para enfrentarme a mi padre".
Su primera experiencia en el colegio militar Leoncio Prado fue quizá la que le hizo, muchos años después, plasmar todo lo que vivió durante los tres años que estuvo internado. Pese a que su padre lo ingresó pensando que los militares acabarían con las fantasías y la vocación literaria de Vargas Llosa, fueron precisamente ellos los que le hicieron vivir una de sus primeras grandes aventuras "que antes solo había leído en los libros de mis autores favoritos".
La violencia que conoció y experimentó Mario Vargas Llosa, fue de un lado traumática y de otro "instructiva al descubrirme la realidad de un país gigantesco y la irrealidad en la que yo había vivido". Pero también le dotó de una libertad que había desconocido hasta entonces, aunque, eso sí, tuvo que adaptarla a las estrictas normas del colegio. Esa libertad tendió la mano al escritor para que diera rienda suelta a su pasión por la escritura.
Comenzó a dedicarse a vender letras cuando empezó a escribir las cartas de amor que sus compañeros, parcos en palabras, enviaban a sus novias que estaban fuera. "Era muy divertido porque me enteraba de todas las veleidades amorosas y románticas de mis compañeros. Y además, en cierta manera, esta actividad me convirtió en escritor profesional, ya que cobraba por escribir esas cartas". Letras que escribía a cambio de cigarrillos, la única manera de pagar que había entre los muros del colegio, y que también estaba prohibido pero aún así se hacía.
No solo escribía cartas de amor. En el colegio Leoncio Prado hizo sus primero pinitos con la literatura erótica. Pero no fue siempre un camino de rosas, ya que la violencia estaba a la orden del día y la pena se pagaba con los fines de semana, los únicos días libres.
Después de muchos años, de salir de Perú en busca del éxito, de vivir en París y en otras grandes ciudades, Vargas Llosa escribió el borrador de su historia en el colegio militar porque la masa de recuerdos que tenía le embargaban del tal manera que le impedían concretar qué contar o por dónde empezar. Un borrador que le ayudó a escribir el que en un principio iba a ser el texto final. Sin embargo, ese texto no le convenció y lo volvió a escribir. Y así hasta tres veces.
El nacimiento de su libro La ciudad y los perros fue en el año 1962. Pero no vio la luz hasta el año siguiente porque la brusca censura española lo impedía. Al culminar por fin su novela, comenzaba una nueva batalla para publicarlo. "Tenía que conseguir un editor". Este fue Carlos Barral (Barcelona, 1928- 1989), poeta, memorialista y editor.
La historia y las anécdotas que encierra la publicación de su libro en España, hizo que el público que anoche llenaba el teatro Pérez Galdós aplaudiera y soltara alguna que otra carcajada.
Después de mucho luchar con el director de información de la censura, consiguió sacar a la luz su novela. No sin antes cambiar algunos matices que para aquel director eran incompatibles con la sociedad española. Por este motivo Vargas Llosa, que había definido al coronel del colegio como "barriga de ballena" tuvo que cambiarlo por "barriga de cetáceo". Lo mismo le pasó con el único cura que nombra, del que dice que le gusta andar entre burdeles, que cambió por prostíbulos.
Para Vargas Llosa, que al final siempre ha podido publicar sus novelas, lo más importante es la vocación y da gracias por haberse podido dedicar a lo que realmente le gusta: las letras.

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