SAMIR DELGADO
Carnavales hay en muchas ciudades de todo el mundo. No son pocas las referencias internacionales que compiten con sus fastos ceremoniales por capitalizar a ojos del visitante las esencias del carnaval. Ahí están con su original protagonismo las mascaradas venecianas en la Plaza de San Marcos, las batucadas a ritmo de samba brasileña en Río de Janeiro, los desfiles coloridos por la costa azul de Niza y hasta el arco iris de las culturas reluciendo en la colombiana Barranquilla, pero no hay duda de que los mogollones populares en Canarias son una muestra del auténtico fenómeno de masas que ha pasado a convertirse en un patrimonio mundial.
Por todo ello, a la espera de que la sardina arda en llamas y quede consumido el último minuto de la madrugada entre brujas y vampiros, ositos de peluche y héroes de cómic recorriendo las calles de nuestro epicentro festivo, valdrá siempre la pena echarle un vistazo a las páginas memorables del pasado donde Gilberto Alemán nos cuenta en alguno de sus libros el origen histórico de la singularidad carnavalera en el Archipiélago, con las mascaritas de la nobleza en el Casino y las caravanas de coches clásicos en la etapa republicana, el ímpetu popular renaciendo en cada rondalla y una serie de tradiciones valiosas de raigambre social que durante el calendario de invierno reúnen el espíritu de Don Carnal en muchos municipios de nuestra geografía.
Cada año, a pesar de los factores más negativos de la globalización, en muchos rincones de las islas se conservan con garantías de futuro las mejores pruebas del ingenio popular, como los carneros del Hierro y los diabletes de Teguise, los indianos palmeros y los arretrancos majoreros echados al mar, ejemplificando cada uno a su manera la mezcla de innovaciones creativas y la firmeza de la tradición de un Carnaval que tuvo en muchas culturas un simbolismo de vital importancia, como lo fueron en su día las farsas de Hans Sachs en la ciudad imperial de Nuremberg y hasta las pretéritas bacanales romanas teñidas de vino.
Y es que sobre las esencias del carnaval se ha escrito bastante en los últimos tiempos. Aquí tenemos la suerte de contar con semblanzas sobre los personajes del carnaval gracias a la labor periodística del dramaturgo Cirilo Leal, y hasta existe una tesis universitaria de la profesora de antropología Marina Barreto Vargas, donde se da cuenta de la función transgresora de los disfraces y el mecanismo de evasión que suponen los mogollones, el papel político de la Comisión de fiestas y la privatización creciente de todo el carnaval, que en su día estuvo prohibido por la dictadura y llegó a significarse como el mejor reclamo de la libertad de expresión y la espontaneidad alegre de nuestra gente en los barrios capitalinos.
Cuando parece que el reclamo de atractivo turístico internacional se lleva todas las papeletas de cara al exterior, no esta de más llamar la atención sobre el valor inconmensurable de cada cabalgata en todos los municipios y la ilusión incombustible de todos los isleños que dedican sus esfuerzos para mantener, a pesar de la crisis, muy vivas las esencias del carnaval.