BEATRIZ DE VERA
Pero con los que me daba vergüenza encontrarme tan bien desvestida, así que intentaba taparme con los boletos de lotería de navidad que hacían las veces de tejas en esa ciudad. No me importaban los traspiés ni el vértigo, sino que se filtrara alguna imagen de mi desnudez por las goteras que había fabricado tan impunemente, y cuando finalmente colgaba del precipicio en el que acababa la calle me angustiaba más que cualquier otra cosa saber que mi cadáver yacería en el fondo a la vista de todos y sólo semitapado.
Lo bueno de los sueños es que la vergüenza no se te mezcla con el frío ni con la pena ni con el dolor de pies. Al igual que con el miedo paralizador o con la culpa más desgarradora, la pesadilla tiene el poder de abstraer las sensaciones a las que más les tememos para que las disfrutemos en su pureza.
Es imposible sufrir una experiencia verdaderamente aterradora sin correr riesgos, o sentir una tristeza infinita que dure sólo unos minutos, o analizar los temblores de nuestras manos a varios metros de nuestras mejillas coloradas. Muy raramente podemos encontrar en la vida real esos pequeños paraísos emocionales que sacuden nuestra conciencia sin rasgar después el resto de la existencia, pero si encontramos la ocasión, los más perversos y los menos, nos aferramos a la emoción igual que a la rama quebradiza que retrasaba mi vergonzoso final en el abismo. La ficción se convierte entonces en nuestra baza más efectiva. Los dolores, penas, miedos y angustias ajenos se ponen a disposición de cualquiera que quiera convertirlos en propios de un modo inocuo y temporal. Al fin y al cabo el ser humano es idéntico en sus miserias. También la vergüenza, puede verse a la vez desde fuera y desde dentro.
Para experimentarlo basta, por ejemplo, con asomarse por la exposición Rojo como un tomate. El color de la vergüenza en la Casa Lercaro en La Laguna y asistir allí a las películas que se proyectan hasta el jueves 18 en el cineforum dedicado a esta temática. Aún están a tiempo para ser víctimas o espectadores de las vergüenzas ajenas y de las propias, que son, en fin, las mimas.