RAMÓN ALEMÁN
Aquí la gente odia y ama a partes iguales el Carnaval. El ejemplo más claro de esto lo tengo en una columna de opinión que escribió hace unos años en este periódico Job Ledesma acerca de las murgas. El Job decía que se había pasado no sé cuánto tiempo metiéndose con ellas en sus artículos para que a su vez ellas lo pusieran a parir en sus canciones, algo que nunca ocurrió. Ya ve usted.
Así son las cosas. Todos aquellos que critican el Carnaval sentirían un gran vacío el día que dejara de existir, como cuando te quedas sin vecino antipático al que espiar. Nos guste o no, el Carnaval es parte de nosotros y de nuestra cultura, lo cual podría servir de argumento a algunos para lamentarse una vez más, con pesimismo pedante y elegante, de la desgracia de haber nacido aquí. Al hablar de cultura no me refiero a los escritores canarios (¿hay alguno más aparte de Víctor Álamo?...) ni al cine canario (¿existe el cine canario?) ni a la pintura canaria, sino a lo otro: el barraquito, coger olas en el Sur, el Tete, la piba, el 'consejar' y tar, la garimba y el "cómo quiero yo a mi viejita". Esa es también nuestra cultura, nuestros modos, y ahí el Carnaval manda mucho.
Esta fiesta está tan metida dentro de miles de personas que cuando no ha hecho sino terminar, allá para marzo, un ejército de modestos empleados, amas de casa y parados ya está preparando el disfraz del año siguiente. Hay quienes ven en las murgas, las comparsas y las agrupaciones musicales el horterismo chicharrero convertido en pandilla multitudinaria, pero si un antropólogo quisiera conocer en profundidad la naturaleza de la sociedad tinerfeña no haría bien su trabajo si no estudiara este fenómeno: gente que de lunes a viernes y durante todo el año se va al local para ensayar y coser trajes, gente que se pasa más tiempo con sus compañeros de murga que en su casa, gente a la que por más que lo intentes no conseguirás convencer de que no son "la voz de mi pueblo", gente que se cabrea y acaba dejando el grupo pero sigue hablando de él durante años con el más sentido de los despechos.
¿Por qué ocurre todo eso? No tengo ni idea, pero tampoco sé por qué se llenan los estadios de fútbol todos los domingos –y ahora también los lunes de Carnaval–. Tal vez sería mejor dejar a un lado tanta antropogilipollez y limitarme a disfrutar de la cogorza anual en la calle San José. Sí, eso haré si nada lo remedia.