ALBERTO PALENZUELA
Lo que significa que antes de que acabe el día habré tenido que soportar unos 36 cretinos más o menos. Mi psicoterapeuta decía que no era recomendable pensar de esa manera, pero qué otra cosa podía a decir si era uno de los 36. Digamos que al final hicimos las paces: él dejó de vivir de mi tarjeta y yo lo sustituí en mi lista de 36 cretinos diarios por un peluquero ruso llamado Dimitri con más plumas que un pavo real y un terrible gusto musical.
La peluquería es, al igual que el dentista, un sitio del que históricamente nunca salí contento hasta que di con Dimitri. En realidad los motivos que me llevaron a incluirlo en mi lista eran bien diferentes a los relativos con su impecable destreza a las tijeras, extraña por otra parte si se tiene en cuenta que viene de un país donde el uso del gorro de lana es deporte nacional. Digamos, por así decirlo, que los rusos tienen una forma un tanto extraña de entender la vanguardia musical de su país y lo que es peor, un incansable afán didáctico por enseñarla a todo el mundo.
El caso es que empiezo a parecerme a Tom Hanks en Náufrago. Hace tiempo que no me he atrevido a ir a ver a Dimitri por aquello de que la SGAE empieza a exigir el pago del canon a los dueños de las peluquerías. Los rusos, incluidos los homosexuales, son muy peligrosos cuando se les trata de ladrones pero lo son aún más cuando se les intenta robar. Así que lo último que quiero es que el peluquero eslavo pague con lo que me queda de flequillo su calentura con dicha entidad cuando alguno de sus cobradores intente convencerle de que Ígor Stravinski, famoso compositor y artista de ruso de los años 50, está suscrito a una cosa que se llama Sociedad General de Autores y Editores, hecho por el cual, dicha sociedad está capacitada para cobrarle 6,45 euros al mes sin cortarse un pelo, nunca mejor dicho.
Lo más curioso es que el tal Stravinski, del que no pienso escuchar absolutamente nada salvo lo que estrictamente crea necesario Dimitri, dijo aquello de que la música es incapaz de expresar nada por sí misma. Es decir, que si no hay alguien que la escuche, incluso los autores más virtuosos tendrán que dedicarse a otros menesteres. Así que si todo sigue el cauce previsto, lo más probable es que al final Stravinski deje de sonar en el Toscal, yo me deje el pelo largo y Dimitri me sustituya en su lista personal de 36 cretinos diarios por Teddy Bautista, que a todas estas, no sé si hoy tendrá puesta la radio en su despacho. Una pena.