ROC LASECA | SANTA CRUZ DE TENERIFE
Y no basta con programar linealmente, con aceptar la sucesión accidental de las elecciones –acaso hijas de un soterramiento críptico del tiempo de Hegel del que no podemos zafarnos. La domesticación instalada en el orden de las cosas culturales encuentra su punto complaciente y álgido en la mediocridad y la componenda acrítica de las programaciones concertísticas. Las fugas de lo sonoro –en la tarea de atender lo que debe o no ser expuesto, y en qué orden- explícita supuestamente esa orientación kantiana que desde la Ilustración nos han enseñado que debe estar guiado por aparatos racionales, ocultos negociadores de una espiritualidad mal entendida.
Pocos se preocupan del problema sobre la formalización que ya nos anunciara Valery. Los conciertos suelen reflejar ese desinterés y exponer la mortificación formal -en cuanto a qué piezas se agrupan y en qué sucesión- devorando impíamente cualquier decantación por desnudar el adentro de la cosa, la morfología que procura supuestamente una única condición de excepcionalidad logrando atender lo simbólico y domándolo a fin de favorecer una lectura transhistórica, transestilística –morfosintáctica, en cualquier sentido.
Por contra, estas celebraciones doctas (conciertos auditoriles) cumplen con la autosatisfacción al despreocuparse del juego caliente y perfumado de la liturgia interna, del real órgano que distribuye cada pieza para disparar esa nacencia de lo que viene después, de examinar el modo en la que una pieza afecta a la otra, la manera en la que roe lentamente lo próximo condenando al auditor a una revocación ensangrentada que abraza su competencia cognitiva.
Halffter lo intentó, programó pensando en comisariar un concierto y no sólo en ejecutarlo, en disponerle los aperitivos selváticos de la curaduría, atendiendo la estabilidad compacta del conjunto contraria a la distribución apetecible y atómica de cuantos eligen los contenidos de conciertos exentos de formulaciones discursivas. Durante el festival dominical, La Tierra de Jesús Rueda (2004) preludió Los Planetas de Holst (1913) en una clara búsqueda por pactar la lectura de la suite popular a través de las texturas del madrileño que suspiró coronando los muros permeables de ese cuerpo celeste casi extinto sin olvidar la tradición ibérica de esos giros –a lo García Abril- que trenzan ya el rumor de lo que es hispano, consagrando una suerte de identidad tácita por medio de las bujías estilísticas de nuestro propio lenguaje. La Tierra de Rueda es suspendida, conflictiva pero global, fiestera en los metales y melada en el trato puntillista de las cuerdas –sólo en apariencia, pues interpretar su planeta es más sencillo de lo que pudiera parecer en una primera escucha.
Y salió dispuesto Iván Martín al piano a tomar el testigo de esa Tierra ibérica para afrontar seguidamente la Rapsodia virtual de Albéniz, con unas falanges de múltiples registros, efectistas cuando debían y prospectivas en la búsqueda de un autor que sonó, desde la orquesta, más plano de lo habitual.
El resto fue intento, anhelo, promesa incumplida, un Holst grandilocuente al que Halffter buscó las cosquillas para sacarle lo que todos sabemos que carece y una sucesión de propinas prescindibles que confundieron la buena voluntad de Halffter por comisariar el concierto con la celebración gratuita de la ?boutade?.