BEATRIZ DE VERA
Mi amigo me cuenta una de las historias de su prolífico portal. Don Alfonso era, según cuentan, el joven más listo del barrio. Gentil y adulador, además, todas las muchachas cuchicheaban cuando pasaba por su lado y él, consciente del efecto que causaba, escribía después sus andanzas con generosa misoginia literaria, en una reluciente Olivetti. Hoy, tiene 70 años, vive en un edificio rodeado de mujeres, su señora entre ellas, y ninguna le guiña el ojo cuando se asoma a la escalera. Obstinado a no resignarse a este presente anodino nuestro macho alfa trama un plan. Lleva observándolas toda la vida, anhelando oler de cerca sus miedos, su abandono, sus noches de insomnio. Esperando alguna picardía o una mirada curiosa al menos de quien comparte su cama.
En el ático vive un chaval, algo desquiciado, hosco y asustadizo, pero ágil y obediente. Él es ahora las piernas jóvenes que sustituyen a las que empiezan a fallarle a don Alfonso. Los primeros pasos son inocentes e infantiles, sólo para tantear el terreno. Una rosa en algún buzón, y el aroma deliciosa de una pelea de novios tardíos en el rellano que saborea sabiéndose la causa, o alguna nota de amor a su mujer, quien frunce el ceño y esconde, sin tirarla, la carta debajo de las sábanas intactas de las ocasiones especiales. El golpe maestro lo da el día de Navidad. Muy temprano se oye el trajín del chico del ático, recorriendo a prisa las escaleras arriba y abajo, y acabando cada vez en la casa del jubilado. Ya casi al mediodía, con la mirada furtiva del autor detrás de la mirilla, las mujeres del portal abren una a una sus felicitaciones navideñas, todas iguales e ilustradas con la fotografía de un pene vestido de Papá Noel y unas letras mayúsculas de máquina de escribir con una ortografía impecable. La señora de don Alfonso se indigna tanto como las demás que juran encontrar y castigar sin piedad ninguna al culpable, pero luego, como seguro hacen las demás, vuelve a esconder la felicitación en el armario. Desde su puesto de vigilancia ve como día a día las señoras, sólo si están solas, ojean su buzón esperando una nueva sorpresa, y suspiran fingiendo alivio cuando no la encuentran.
Quizá queden pocas historias protagonizadas por un buzón y una máquina de escribir, pero por si acaso, yo miro siempre en el mío antes de salir de casa.