ALBERTO PALENZUELA
Cuando te apetece cambiar de aires te asomas a la terraza y cuando no te gusta lo que ves corres las cortinas. En Haití tembló la tierra, que decía Manu Chao, y se fue todo al infierno. Ahora, y siguiendo las líneas de un guión hipócrita, le toca el turno a las iniciativas artísticas solidarias. Maratones televisivos, actuaciones benéficas, donaciones cuantiosas ante miles de flashes y un largo etcétera de buenas intenciones mediáticas, que apestan a una cultura chaquetera y oportunista más que a una solidaria o de cooperación, desfilarán en cabalgata por los medios de comunicación durante meses.
Los artistas, que como los políticos siempre han tenido la fea costumbre de llegar tarde a todos lados salvo a los que le interesa, suelen aparecer a estas alturas de la película. Es lógico: la promoción de tu imagen siempre será más beneficiosa si apareces en un lugar del que todo el planeta está pendiente. Luego el tema aburrirá y dejará de interesar, o habrá otro terremoto, otro tsunami u otra catástrofe humanitaria o natural que venga a refrescar esta parodia y entonces todo el mundo se olvidará de Haití, incluido yo. Madonna, por ejemplo, ya ha anunciado que donará 250.000 dólares a los damnificados. Una cantidad nada desdeñable para los mismos pero grosera si se tiene en cuenta que viene de una tía que se gastó la friolera de 2.5 millones de euros en unos pocos años solo para promover la fe en la Kabbalah. Una pena que los haitianos profesaran una fe diferente a la suya hasta el otro día.
Aunque parezca increíble, hoy por la mañana arribó el Liberty of the Seas, uno de los cruceros más grandes del mundo, en el pequeño puerto de Labadee, el feudo privado de la empresa norteamericana de cruceros Royal Caribbean International en la isla asolada por el terremoto. Mientras la gente se moría de hambre al otro lado del puerto, los cruceristas pudieron disfrutar de una estupenda langosta. Pero no se escandalice. No será diferente a otras veces. En realidad, Haití no murió por el terremoto de hace una semana sino que la dejamos morir todos nosotros, mortales y artistas, desde hace décadas, viendo impasibles como se pudría desde la suite de nuestro hotel.