ROC LASECA | SANTA CRUZ DE TENERIFE
En sus diez años de trayectoria como creadora, Laura Vega ha demostrado su alta capacidad y valía al frente del ejercicio compositivo. Hoy día, es ya una de las voces poéticas más relevantes del panorama insular que sorprende por recobrar la luz en cada pieza que presenta en público. Exenta de aspavientos e histriones, todo el decir veganiano está recubierto por una técnica particular en cuyo proceder hecha mano de draperías ajenas que, a modo de citas o materiales sonoros preexistentes, le sirven para elaborar todo un denso tejido referencial, en una clara voluntad por romper con la idea romántica de que todo creador genera ex novo. Lo de Vega es un natural embriagamiento poético de texto sobre texto, un pliegue silvestre –y por ello más barroco que decimonónico- en cuyas junturas habitan las yuntas soñolientas de los caminos que cruza. En ese cruzar, en ese trenzar los materiales sonoros que tiñen –y condicionan- cada una de sus piezas (formal, tímbrica o discursivamente), Vega atiende no sólo la naturaleza categorial de cada extracto, sino el modo de su conducta para con el nuevo entorno en el que le ha tocado instalarlo, en esa nueva pieza propia que labora como "la barca que va dejando por los ríos lejanos sus perfumes, los bosques, las ruinas" de esos amigos pretéritos que le acompañan (como dijera García Baena). Entre ellos, suelen encontrarse Bethoveen, Rajmaninov, Brahms… Son materiales revisitados que trascienden su estatuto de cita para tornarse en aquello que desde las notas al programa denominamos "cuerpos acéfalos o fantasmas". Por lo general, ese complejo tejido con el que opera la autora le proporciona un contexto idóneo a fin de explotar la doble acuidad conflictiva y lumínica de sus piezas. Tal vez uno de los casos más evidentes de ello sea la segunda versión para viola y piano de Homenajes que facturó en 2007.
Pero lo cierto es que en esta ocasión –nos referimos al estreno In Paradisum… del Festival de Música-, Vega ha optado por "trabajar desde la emoción y la intuición, y no tanto desde el intelecto". Sin duda, esta proforma ha condicionado el resultado enormemente. In Paradisum se apropia de una estética abiertamente kischt que busca la luminosidad aún en esos rincones de sombra (2º mov) que debieran cuestionar la respiración agitada de la garganta. Bajo un hermosísimo motivo pianístico que ya introduce toda la pieza y jalona su decurso durante los 30 minutos restantes, Vega va tejiendo en superficies bastante vaporosas y consonantes al estilo epidérmico de Michel Nyman o John Barris; una orientación ciertamente popular que sorprendió al auditorio más acostumbrado a hallar citas y giros humanísticos –un tanto más comprometidos- en el repertorio de la autora. Bajo esta estética abiertamente inocente (naïve), exenta de conflicto, huérfana de combustión sombría y traumática, la pieza desprende otra sorpresa: la opción inorgánica del trabajo de sus materiales. Vega elabora y opera en esta ocasión con elementos aislados, sin función gramatical, que si bien por un lado conduce a armar un poético y frondoso suspirar de velos abandonados, de significantes arrojados al vacío por una pluma fugitiva, por el otro, logra tornar el relato en un decurso donde los reposos y los episodios extáticos ya han dejado de poseer función orgánica alguna. Vega ha conseguido así acogerse a una especie de escepticismo sonoro, en el que la cosa suena, pero no ocurre nada; como si de un ejercicio nihilista se tratara, todo posee un hálito epidérmico (no por ello efectista). Así es como Vega opta por darle una última vuelta de tuerca a su producción, invitándonos a romper con el principio de linealidad hegeliana y operando desde un régimen estocástico de la naturaleza significante que cuestiona toda necesidad de narrar en los términos canónicos que conocemos. La romántica transmutación ha dado paso aquí a una pieza desprendida, anestésica, propia del siglo XXI que no se entrega a las gratuitas voladuras al descreer ya de todo acontecimiento épico.