ALBERTO PALENZUELA
En 2009 conocimos, por ejemplo, a una señora llamada Gripe A, que era prima de la B pero con un mayor afán de protagonismo. Inundó el mundo de mascarillas pero, por lo menos, dejó en evidencia la ineptitud de las organizaciones sanitarias mundiales que aun se están buscando culpables en algún corral de México.
También apareció en escena un señor llamado Gürtel, gracias al cual aprendimos que ser político tenía otras muchas ventajas a parte de las conocidas, que a todas estas no sé cuáles son. Aunque sin duda, la protagonista indiscutible de la velada fue una señora llamada Crisis que nos cogió a todos en pelotas y nos enseñó que la cola del paro o los números rojos no eran en absoluto ciencia ficción. Por lo menos, gracias a ella, pudimos ver a los banqueros pidiendo limosna a las puertas del congreso por no haber hecho bien los deberes. Al final, el Gobierno, por la cuenta que le traía, pagó con nuestro dinero y todos contentos. Ellos porque hicieron las paces y nosotros porque somos idiotas.
También tuvieron sus días de gloria viejos y no tan viejos conocidos: Berlusconi, todo un clásico, nos enseñó que hay otra manera de entender la relaciones públicas; Obama, que para ser presidente de EEUU basta con una buena campaña de marketing; Chávez, que el delirio puede llegarnos a todos en el momento más inoportuno y Cristiano Ronaldo, que no hace falta saber hacer la "o" con un canuto para convertirte en la persona más rica y admirada del mundo. De resto, nos fuimos de Kosovo pero mandamos más a Afganistán. Marruecos sigue pensando que el Sáhara es su despensa e Israel que Palestina es su casita de la Playa. Ser pirata en el Índico se convirtió en una profesión en auge, al igual que ser espía es la comunidad de Madrid, y la cumbre de Copenhague, nuestra última oportunidad para contestar a un señor llamado Cambio Climático, fue un fracaso tan estrepitoso que al día siguiente ya estaban adscritas a sus resoluciones más de quinientas multinacionales.
Tengo en mi móvil más de doscientas asépticas e insípidas felicitaciones navideñas que no pienso leer y cuyos remitentes, estoy seguro, ni siquiera sabían que yo sería su destinatario. Tengo la esperanza de que desaparezcan pero también la impresión de que el encargado de los milagros navideños debe estar ocupadísimo con otro montón de bandejas de entradas peores que la mía. Por eso, y porque no pienso contestar a ninguna, me he permitido hacer este pequeño resumen del año a modo de felicitación personal. Para recordarles que en realidad hay poco que celebrar y mucho que olvidar, y que lejos de haberlo hecho bien, vamos de culo y sin frenos, por mucho que nos empeñemos a última hora, en martirizar al vecino llenándole el buzón del móvil con toda esa colección de impertinentes mentiras.