ALBERTO PALENZUELA
Nunca fui un acérrimo defensor de los derechos de los animales. En realidad, nunca fui defensor a ultranza de nadie salvo de mi propio culo. Aun así, tampoco he disfrutado jamás viendo sufrir a un bicho, ni siquiera cuando Berlusconi, haciendo gala de su torpeza para doblar las esquinas, tropezó con la ya famosa catedral de Milán. Por eso, básicamente, y porque vestirse de purísima y oro me parece una horterada muy incómoda, la fiesta de los toros no sólo me importa poco sino que además me molesta que exista.
Argumentum ad antiquitatem, o la apelación a la práctica común, es una falacia lógica que esgrime la tradición o la costumbre como argumento válido y suficiente para hacer algo. Esta es la premisa principal a la que el lobby taurino de este país se aferra para seguir llevando a la plaza esta verbena sangrienta a la que llaman fiesta de los toros; otra, las declaraciones de iluminados como el profesor Juan Carlos Illera del Portal, que es un figura -me niego a reconocerlo como veterinario o científico- que realizó un estudio titulado Regulación neuroendocrina del estrés y dolor en el toro de lidia en donde sostiene la estupidez de que el toro, por sus particulares características, no sufre dolor durante la corrida.
No hace falta ser un premio nobel para entender que justificar esta barbarie porque es una tradición es una gilipollez sin sentido según la cual todavía deberíamos andar a caballo o quemar a los herejes en una hoguera. Tampoco hay que leer muchas publicaciones científicas para darnos cuenta que al lumbreras del profesor Illera solo le han dejado publicar su estudio en la "prestigiosísima" revista 6 Toros 6, que es lo único que lee Jesulín cuando le dejan. Porque éstas y otras perlas, como los puestos de trabajo que genera el sector o la inminente extinción del toro de lidia en caso de prohibir las corridas, son parte del imaginarium taurino para seguir defendiendo la llamada fiesta nacional. Por la misma regla de tres, podemos crear, ya que estamos, corridas con lagartos del Hierro, que están a punto de extinguirse, en vez de espacios protegidos, y con ello crear más puestos de trabajo…
No sería, en cualquier caso, la cosa más surrealista hecha en este país. Porque aun más raro es que mi hijo no pueda ver en la televisión generalista, en horario infantil, un buen par de tetas, que es la cosa más natural del mundo, y sí como torturan y asesinan a un pobre animal para diversión de un grupo de paletos y folclóricas de pro.