MGUEL F. AYALA | LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Gusten o no los taquillazos de aventuras, nadie puede negar que estamos ante la gran apuesta –y quién sabe si la última– de la todopoderosa industria cinematográfica. Los grandes estudios se la juegan en todo el mundo con la que, a su entender, es la única solución viable para frenar la piratería y atraer de nuevo al público hasta las salas de cine: la tecnología 3D. Y esa responsabilidad multimillonaria ha recaído en un solo hombre, James Cameron, el mesías que durante siete años ha trabajado en la fabricación y el perfeccionamiento de la tecnología que permitiera el mayor espectáculo de la historia estereoscópica –o tridimensional–, Avatar, una película épica que cambiará la manera que hasta ahora tenemos de entender el séptimo arte y el halo de cutrez que arrastra históricamente el 3D. Dos detalles, además, avalan la importancia de este proyecto: los casi 400 millones de euros que ha costado esta producción y que haya sido nominada a mejor película en los Globos de Oro cuando aún ni se ha estrenado.
Sólo ha habido una premiere en Londres, pero sus afortunados espectadores, muchos de ellos críticos cinematográficos, han sucumbido a una historia que el espectador va a descubrir, literalmente, flotando con todo lujo de detalles entre él y la pantalla, dando una riqueza hasta ahora inédita en el cine, porque como dice James Cameron, "no nos hemos puesto nosotros en esta ocasión al servicio de la tecnología en tres dimensiones, sino que la hemos utilizado para dar mayor realismo a la historia que deseábamos contar". "Es", según afirma en cada entrevista, "un color más en la paleta". Y ese color, en el caso de Avatar es, sin duda, el azul de la piel de los protagonistas, los Na´Vi, una especie con aspecto felino que habita el planeta Pandora, a donde los humanos llegan como colonizadores y, sobre todo, como especuladores mineros que han descubierto en el bello mundo alienígena un mineral carísimo del que depende la raza humana para subsistir.
Avatar fusiona de manera brillante –ahí ha estado el tráiler estos meses para demostrarlo– dos mundos que parecían destinados a no tocarse jamás: lo real con lo virtual. Y si el cine tiene algo de magia, el director de Titanic viene a ser el David Copperfield de la industria. No se olviden de un detalle del hombre que ganó 11 Oscar y convirtió el hundimiento más famoso de la historia en la películas más taquillera: ya nos engañó a todos. Precisamente aquel choque con el iceberg, la destrucción del barco y , sobre todo, el espectacular hundimiento mostrado en su anterior largometraje eran falsos, sí, pero ¿quién duda de que realmente fue así lo sucedido? ¿quién cree que a aquella mole de acero no se la tragó el Atlántico como la grabó Cameron? ¿quién no tembló con aquellas hélices girando al descubierto? Nadie. El cineasta pintó una aventura con sus ordenadores y cámaras, logrando un realismo no superado hasta hace muy poco ni tan siquiera por los blockbuster apocalípticos tipo El día después de mañana o el mutante plateado del segundo Terminator.
Desde hace más de veinte años, esta historia de una civilización alienígena en lucha con los humanos y de un humano infiltrado entre los extraterrestres, se había colado en la mente de James Cameron pero, al no existir la tecnología necesaria, el cineasta desistió y la guardó en un cajón hasta que hace nueve años, viendo la espectacular aparición e interpretación de la criatura Golum en En el Señor de los Anillos: Las dos torres, comprobó que quizá ya era el momento de echar mano a aquel proyecto, un guión escrito en apenas 80 folios que hoy se cotizarían entre los coleccionistas a peso de oro.
Cameron lo tenía claro: deseaba combinar la imagen real con la digital y además, aprovecharse de la tecnología 3D más puntera.
Así, su equipo de efectos especiales –fichado en las mejores universidades yanquis y japonesas–, con él a la cabeza, perfeccionó los programas de imágenes digitales existentes hasta entonces para que, a través de sensores colocados en el rostro y demás zonas de la cabeza del actor, las recreaciones guardaran la mayor similitud posible con las del intérprete. Dicen que con un 95% de similitud habrían estado satisfechos, pero los chicos del autoproclamado "rey del mundo" lograron un 100% de similitud: cada parpadeo, arruga o mueca de los alienígenas azules de Cameron son las mismas que realizaron durante las escenas los intérpretes, Sam Worthington y Zoë Saldaña, ésta, la maravillosa guerrera Na´Vi llamada Neytiri. "En algunas escenas de la selva recreada en el planeta Pandora, cuando las ves en sistema 3D, y contigo dentro, te preguntas si has estado rodando en algún momento del día en la isla de Hawai", explicaba esta misma se mana en la revista española Yo Donna el desconocidísimo Worthington, actor australiano quien, hace sólo unos meses, rodó en la isla de Tenerife un remake del clásico de aventuras Furia de Titanes y es ya uno de los rostros más solicitados de la industria.
Avatar, por tanto, no pasará sólo a la historia del cine como un portento en la recreación digital de personajes y mundos como no se había logrado hasta entonces, aunque podría convertirse en mítica únicamente por esa razón. No obstante, la aventura tecnológica que emprendió James Cameron es casi igual o más apasionante que la gestación del guión o la recreación digital de paisajes, extraterrestres y actores.
Precisamente, el logro fue construir una cámara ligera y de alta definición, capaz de filmar imágenes 3D calibradas con precisión, y que no le dieran dolores de cabeza al público mientras usaban las gafas de plástico necesarios para visionar estos filmes.
El director se puso en contacto con Sony para que desarrollaran su pedido, consistente en un dispositivo de dos lentes que funciona como dos cámaras en una: cada una de las lentes de dicha cámara capta una perspectiva ligeramente distinta de una escena, e imita la forma en que el ojo humano ve el mundo en 3D. Esa ha sido la genialidad de Cameron: crear una máquina que ya filme en tres dimensiones y que luego permita reproducirlas tridimensionalmente sin más.