JAVIER JIMÉNEZ
Igual que, en otros muchos lugares, ocurre con el té, el chocolate, la cerveza, el ron, el bissap, el lassi, la chicha morada o el gomerón, en Portugal se bebe mucho café, casi tanto como sus grandes vinos. El café condimenta, de un modo supremo, cualquier momento en cualquier punto de este país extremo, abierto sin remedio al océano, aunque desconfiado del resto del continente del que, curiosamente, es fin tan hermoso. No creo, sin embargo, que el que se pueda beber tan buen café en Portugal se deba a un grano que suele ser importado.
Posiblemente, tal felicidad para el paladar responde a muchos otros elementos, algunos de los cuales escapan seguro a razones exclusivamente gastronómicas, incluso a la lógica aritmética que se genera con la puesta en acción de la cafeína. No sería ningún disparate, quizás, afirmar que, toda vez que se incorporó este néctar del cafeto a esta singular cultura atlántica, son las propias manos que conforman esta sociedad quienes te lo preparan y te lo hacen llegar divinamente. Lejos, muy lejos, de pretender hacer de estas líneas un ensayo antropológico, sí creo que, como ocurre en todos los órdenes de la vida, el fondo guarda una relación de absoluta interdependencia con la forma, por lo que podemos encontrar leguas de distancia entre un café hecho con amor de un café con mala leche (que no leche mala); no en vano, tampoco es lo mismo el amor con café, que el amor a secas o que el seco amor.
Aroma y sabor aparte, paralelo al buen manjar encontramos el buen hogar, la buena morada (de nuevo, el fondo y la forma), porque en Portugal puedes disfrutar del café en algunos de los más lindos refugios del mundo, cafeterías coquetas, clásicas unas y otras bien modernas, pero sin abalorios injustificados, sin excesos, dadas al encuentro de generaciones y aún al humo, al sonido ambiente también, y también al verso. Definitivamente, en Portugal hay gusto, casi tanto como un tiempo que transcurre diferente por causa de quienes lo han sabido vivir y han marcado -sin pretenderlo- el particular sino de esta gente, casi tanto como una confianza que tarda en llegar (que tardan en darte) pero que te atrapa finalmente, casi tanto como unos paisajes de fábula y ensueño, donde hay ciudades que son imanes, y en las que hay músicas que son desgarros. Se puede hacer por vivir de espaldas o de frente y, en ese trance cotidiano, (re)descubrir o no un país como Portugal: tan cerca y tan lejos.