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PEDRO MÉRIDA, ENVIADO ESPECIAL | GIJÓN Casi medio siglo a sus espaldas hacen del Festival Internacional de Cine de Gijón una rara avis, y más aún en tiempos económicos tan difíciles, en los que mantener la identidad por encima de las pretensiones escaparatistas de quienes detentan el manejo de los presupuestos institucionales y privados es tan sumamente complicado (especialmente si uno no forma parte de la camarilla paniagüada por "derecho histórico").
Disquisiciones personales al margen, lo que es evidente es que este festival es todo un ejemplo de continuidad y criterio. Un festival que se mueve tan al margen de los márgenes que, por poner un ejemplo cercano, Clint Eastwood o Wong Kar Wai serían tachados de vendidos y comerciales si quisieran presentar alguno de sus últimos trabajos en este marco cinéfilo de talante tan outsider.
Desde el 19 de noviembre hemos podido aquellos enamorados al séptimo arte disfrutar de toda suerte de propuestas al filo del rupturismo. Autores como el turco Fatih Akin (apasionante retrospectiva y pese a su decepcionante Soul Kitchen), Harmony Korine o Jean Gabriel Periot han mantenido las salas de los Cines Centro, en pleno corazón de la capital asturiana en perpetua ebullición intelectual que culmina en apasionados aplausos al finalizar las proyecciones.
Plateas llenas a reventar. Tanto da la temática o la sección. Documentales, cortos a competición o interesantes aproximaciones a estilos muy concretos gracias a Enfants Terribles (que me permitió disfrutar atónito con propuestas tan valientes como Zombie Girl) o This is England (comunión con un celuloide impregnado de frustración, violencia y acordes disonantes que abarca desde finales de los sesenta hasta el tiempo actual). Todo interesa a la audiencia porque ante todo aquí hay algo de lo que muchos gestores culturales deberían impregnarse: criterio de programación. Un criterio que acierta de lleno gracias al trabajo de campo que consiste en entender qué es lo que espera el público de un certamen de este calibre.
Hasta el momento, la Sección Oficial a competición ha ofrecido joyas absolutas como la francesa Welcome protagonizada por el siempre magnífico Vincent Lindon o la coproducción hispano/uruguaya Mal día para pescar, filme sobre perdedores trenzado en los mimbres del western donde el actor Gary Piquer realiza una de sus mejores interpretaciones.
Con menos entusiasmo se ha recibido Between two worlds, película producida en Sri Lanka bajo la batuta del intelectualoide Vimukthi Jayasundara, quien no tuvo reparos en pedir en su introducción de la película que intentásemos no dormirnos. Excepcinal manejo de la cámara (un artista en lo que a fondo de campo se refiere) pero vacuo de contenido sentencian 86 minutos de puro preciosismo visual sin mayor trascendencia.
Hemos superado ya el ecuador del festival pero Gijón aún se reserva algunos ases en la manga para seguir sorprendiéndonos. Y es que uno no se puede quejar cuando, además de interesantes películas le ofrecen conciertos gratuítos tan vbrantes como los de Lemmonheads o Tito y Tarántula. La fiesta del cine continúa…
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