ALBERTO PALENZUELA
En ocasiones, en este trabajo de perros que es la producción musical, te encuentras con algún caso que viene a recordarte que no todo el mundillo artístico está formado por cantamañanas que se mueven al son del mejor viento que sople o del mayor número de flashes que se disparen por minuto. Me explico: en los últimos años he conocido artistas que, por ejemplo, mientras piden en sus canciones cosas tan hermosas y comerciales como la igualdad, la solidaridad o la cooperación, exigen por otro lado, la suite con yacuzzi de un hotel de cinco estrellas, la tapicería de cuero de un coche de alta gama con cristales tintados o cenas y comidas en restaurantes pijos con cientos de tenedores y estrellas Pirelli. Ni que decir tiene que bajo ningún concepto, estas mismas hermanitas de la caridad, consideran la posibilidad de reducir su caché, participar en cualquier acto altruista no autorizado por su jefe de imagen o mucho menos saludar a un fan con minusvalía psíquica a menos que haya, misteriosamente, un fotógrafo delante que además tenga a bien enviar dicha instantánea a la prensa, para que salga en portada de los diarios del día siguiente, con el fin de que sea una gran mayoría la que se entere de lo buenos que son capaces de llegar a ser.
Y digo esto porque, como decía al principio, a veces viene alguien y te jode las teorías: beberse uno de esos refrescos de cola de marca indeterminada que venden en las grandes superficies a 0,´34 euros, por ejemplo, debe ser tan duro como pegarse un concierto entero de Melendi o leerse el Ulises de James Joyce. Un tipo como Manu Chao, que se proclama en contra de todo lo que venga del yankie, tiene que pasar por ese mal trago con cada catering de sus conciertos, haciendo gala de un estómago de hierro y realizando un ejercicio de coherencia con las ideas que proclama a diestro y siniestro. Otro ejemplo: este fin de semana, que acabábamos la gira de Macaco en Gran Canaria después de que Dani Carbonell y los suyos realizaran más de cincuenta bolos por todo el país, cambiaron sus billetes de regreso a casa y partieron hacia Lanzarote para presentar sus respetos en forma de batukada a la activista saharahui Aminatu Haidar, expulsada por Marruecos por sus críticas a la represión del pueblo saharaui y que permanece en huelga de hambre a la espera de que Moratinos deje de tirarse flores por el rescate del Alakrana y tome cartas en el asunto, si es que piensa tomarlas.
Ahora falta ver si alguno de los de las suites y los yacuzzis pasa por el aeropuerto de Arrecife para ver a Haidar, aunque si has cantado toda tu vida baladas asépticas e insufribles sobre el amor en todas sus acepciones, es preferible que sigas haciéndolo desde casita, que los aeropuertos cansan mucho.