V.A. | SANTA CRUZ DE TENERIFE
El colectivo Global Perfussion ofreció el pasado jueves una perfecta conjunción de instrumentos de percusión con el que pudieron vibrar los cuatrocintos espectadores que acudieron al espectáculo.
El tambor remeda al corazón y el corazón lleva dentro las palabras de los abuelos. La conjunción del corazón propio con el de la madre es la primera, a veces la única, señal de la posibilidad de la armonía. Por eso, todos respondemos con las emociones más profundas al toque del tambor. El golpe sobre la caja, la madera, el agua es común a todos los humanos y a todas las culturas. Junto a la voz, está en las raíces del árbol genealógico de la música. Por eso, todos lo entendemos sin intermediarios.
Darbukas, djembés, calabazas, pandeiros, berimbaus, bombos, maracas, platillos, marimbas, txalapartas, chácaras, chequerés… todos son vocales y consonantes de un mismo idioma universal. Ésa es la idea esencial que sostiene el concierto intercultural de percusión Global Perfussion, que algo más de cuatrocientos afortunados tuvimos la oportunidad de disfrutar el miércoles pasado en la Sala de Cámara del Auditorio de Tenerife.
Hablar de tambores es reducir a la anécdota esta experiencia colectiva que fue el encuentro de ese público privilegiado con quince músicos y más, los permanentes y los invitados, que mostraron, por encima de todo, la capacidad de poner su rigor de maestros al servicio de la alegría compartida. El recinto se convirtió durante más de dos horas en una sola tribu que animaba a los músicos a continuar con su proclama de los valores de la diversidad y de los méritos del intercambio entre iguales.
Las diferencias culturales se borraron y las especialidades pasaron a mayor gloria: Carme Garrigó, que llegó a Global por sus habilidades con el steel drum y su virtuosismo con la percusión sinfónica, tocaba el bombo y los platillos mientras José Pedro Pérez, uno de los maestros de la versatilidad, dirigió una conversación entre sartenes. El batería argentino Marcelo Gueblón dejó sus instrumentos varias veces para sumarse al toque colectivo de las cajas que aquí llamamos flamencas, pero que a la música flamenca llegaron de Perú, a donde la llevaron los esclavos africanos.
El brasileño Rogerio de Sousa saltó arrebatado al escenario a bailar junto al senegalés Ismaila Sané: las dos partes de África que el océano y la codicia separaron se fundieron en un abrazo de gestos y ritmos comunes. Manu Delago, austriaco residente en Londres, llegó arropado por las misteriosas connotaciones latinas de su nombre a presentar otro novedoso misterio: el sonido casi de piano o de arpa de un instrumento de percusión de invento reciente, el hang. Sentado en una plataforma, el iraní Majid Javadi tocaba instrumentos de su pueblo con la tranquila sabiduría de su cultura milenaria frente a otro representante de músicas que hunden sus raíces en lo más profundo, Ramesh Shotham, de India. Y entre ellos, danzando de un instrumento al otro, el colombiano Urián Sarmiento, el cubano Juan Javier Rodríguez, el madrileño Nacho Arimany y las hermanas vascas Maika y Sara Gómez, que arrancaron con su txalaparta la ovación más cerrada y más larga de las que se dieron durante esta noche mágica.
Para el final, una vuelta a los orígenes: el brasileño Bruno Buarque nos recordó a todos que el primer instrumento es y ha sido el propio cuerpo, todo él, no sólo la voz, y nos mostró cómo la suma de los golpes de todos transforman en lluvia fina o en un aguacero torrencial el toque de un dedo sobre una palma. Guiado por su empuje, el público salió al hall del auditorio donde la generosidad de los músicos se desbordó en la alegría de una descarga de carnaval que nos hizo a todos soñar con la posibilidad de ser para siempre brasileños. Al fondo del hall brillaban los ojos del director del grupo, un Luis Fernández exhausto y feliz, como hace mucho tiempo que no lo veíamos.