Millennium: una lectura política (I)

Suecia, infierno y paraíso

 
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FRANCISCO R. PASTORIZA | SANTA CRUZ DE TENERIFE La trilogía Millennium, del escritor sueco Stieg Larsson, es sin duda uno de los más deslumbrantes fenómenos literarios y sociológicos del último siglo. Se trata de una novela con una trama policiaca bien resuelta en todos sus planteamientos (como en un mueble de Ikea, todo encaja y no sobra ninguna pieza), de una apreciable calidad literaria (no es Balzac ni Dickens ni Víctor Hugo, por supuesto, aunque su lectura provoca sensaciones muy próximas a las que pueda proporcionar la lectura de Los miserables, por ejemplo) y ha hecho que millones de personas, la mayor parte de ellas no lectores habituales, hayan dedicado muchas horas de su tiempo libre a las más de 2.200 páginas que abarcan los tres títulos (I. Los hombres que no amaban a las mujeres, II. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y III. La reina en el palacio de las corrientes de aire). Nunca hasta ahora se había visto a tanta gente en tantos sitios (metro, autobús, playas, aeropuertos, parques, salas de espera...) leyendo el mismo libro. Y es que de pocas obras se puede decir que atrapen a sus lectores con la agresividad con que lo hacen las historias de esta trilogía.

LA SOCIEDAD DEL BIENESTAR

A finales de los años sesenta, un ensayo titulado Suecia, infierno y paraíso, del periodista italiano Enrico Altavilla, arrasó en las librerías españolas. El paraíso sueco estaba formado por una sociedad del bienestar que ponía a la gratuita disposición de sus ciudadanos los servicios públicos más necesarios y aún otros que nos parecían de lujo. El infierno al que se refería Altavilla estaba conformado por la soledad y la falta de relaciones, el alcoholismo y la escasez de sol, que desembocaban en la depresión, causa de un elevado índice de suicidios, y en una sexualidad desaforada. Aquella sexualidad que se vivía en Suecia, tan criticada en las páginas de aquel libro, era lo que atraía a la mayoría de los jóvenes españoles de entonces, huérfanos de toda libertad al respecto. Pero interesaba también la cultura política de su democracia, que nos asombraba. Mientras, el turismo ya había instalado en nuestro inconsciente colectivo el estereotipo de las suecas como ideal femenino: altas, rubias, de ojos azules y cuerpo escultural, liberadas sexualmente, que el cine se encargó de afianzar con estrellas como Bibi Andersson, Anita Ekberg o Mai Zetterling.

En los primeros años del siglo XX Suecia había pasado de una estructura social rural y agrícola a una industrialización galopante. Su sistema político, fundamentado en el socialcristianismo del Partido Liberal de Centro y en la socialdemocracia, supo evadirse de los cantos de sirena del nacionalsocialismo alemán y del socialismo soviético para fundar un capitalismo cimentado en las libertades públicas y la igualdad de oportunidades, financiado por un sistema impositivo implacable, que dio lugar a una sociedad del bienestar envidiable y envidiada por la práctica totalidad de los países europeos.

Todo este universo salta hecho pedazos en las páginas de los tres volúmenes de Millennium. En esta novela, Suecia es también un país de políticos corruptos, empresarios trincones, periódicos manipuladores y mafias asesinas. El neocapitalismo industrial y financiero y las redes mafiosas capaces de manipular los poderes tradicionales del Estado extendieron por el país una vasta red de corrupciones que llevaron su esplendor hacia un declive dramático. En paralelo, ni siquiera permanece ya aquel estereotipo de la mujer sueca como ideal de belleza: Lisbeth Salander, la protagonista de la trilogía, es una chica pálida de una delgadez anoréxica, que daba la impresión de que se acababa de levantar tras haber pasado una semana de orgía con una banda de heavy metal (I.50). Mide 1.54 m., pesa 42 kilos, tiene piercings en la nariz y las cejas, dos botoncitos por pechos y su cuerpo luce un montón de tatuajes.

La Suecia de estos primeros años de milenio (el título de la novela, que es el de la revista para la que escribe Mikael Blomkvist, uno de sus protagonistas, es una clara alusión a la nueva era) es ahora un país muy parecido al resto de los europeos occidentales. La globalización ha hermanado a todos ellos con similares problemas, independientemente de su grado de desarrollo económico y de su organización política. Por las páginas de Millennium desfila el blanqueo de dinero, el narcotráfico, el contrabando de armas, los conflictos migratorios, los mercados de la prostitución, de la pederastia y del uranio enriquecido... y la proliferación de esas sectas religiosas que, junto a su literatura proselitista, incluyen el número de cuenta corriente en la que poner en práctica el amor a Dios.

LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER

El tema más destacado de las historias de Millennium es la crítica a la violencia que se ejerce sobre la mujer (Violencia doméstica...¡qué expresión tan banal!. I.298). Es un problema de las sociedades actuales, pero no es un problema nuevo. Basta consultar las estadísticas sobre víctimas de violencia machista para concluir que el número de muertes por esta causa es similar desde hace muchos años (en España, en los años 50 y 60, por cuestiones relacionadas con la imagen política del régimen, se ocultaba este delito o se disfrazaba de otras motivaciones). Y además se equivocan quienes piensan que se debe al carácter latino o al subdesarrollo: en los países nórdicos la violencia machista es tan alta, si no más, que en el resto de Europa. De ahí la importancia de que una novela como Millennium asuma la denuncia de este delito y lo utilice como uno de los motivos principales que mueven su relato, actuando como instrumento de pedagogía, ya que todo indica que es este un problema sobre todo educativo: en varios pasajes se cuenta cómo el protagonista, un personaje positivo, atiende a las labores del hogar como si fuera una actividad comparable a la de fumar un cigarrillo o tomarse un café. Y las iniciativas en las relaciones sexuales casi siempre corren a cargo de mujeres. Un dato a favor de la mujer: la mayor parte de lectores de la revista Millennium, una publicación progresista de investigación y denuncia, se dice que son mujeres. Qué pena que también la mayor parte de los lectores de la novela sean mujeres. Por eso es criticable la traducción del título del primer volumen, Los hombres que no amaban a las mujeres que, en mi opinión, suaviza la contundencia del original: Los hombres que odiaban a las mujeres..

UN RELATO ANTISISTEMA

Si hay un claro mensaje político en Millennium éste es el de la crítica al sistema. Al tratarse de una novela policíaca (con todas las connotaciones que se quieran) no es extraño que se aprecien los trabajos de los investigadores privados como más efectivos e inteligentes que los de la propia policía, apelando incluso a casos reales: a veces un detective aficionado es mejor que un policía de verdad... Mira el caso Joy Rahman III.449 (alusión al caso de este ciudadano sueco nacido en Bangla Desh que fue condenado por el asesinato de una mujer de 72 años y más tarde absuelto e indemnizado gracias a las pesquisas de un periodista y de su abogado, que demostraron su inocencia). La ineficacia policial es un tópico de las novelas negras desde Sherlock Holmes y el inspector Poirot, aunque no está fuera de la realidad en muchas ocasiones, como vemos. Pero no se trata aquí sólo de denunciar determinadas actitudes de la policía, algunas de las cuales a veces provocan hilaridad (pronunció la típica frase de la policía: ¿qué está pasando aquí?. II.617): en Millennium se da a entender que es todo el sistema policial el que está en crisis.

Fallan también los medios de comunicación, que encumbran a personajes de dudosa competencia profesional sin poner en cuestión sus trabajos y sus comportamientos y que casi nunca se cuestionan las fuentes, sobre todo cuando estas son oficiales. Falla un sistema siquiátrico irresponsable, encarnado aquí por Peter Teleborian, una autoridad respetada internacionalmente, a cuyos diagnósticos se someten todas las demás instancias, sin comprobar el alcance de unos tratamientos más propios del siglo XVI que del XXI.
Falla un sistema que no acierta en el tratamiento de la prostitución y la explotación sexual ni en el de la inmigración, otro de los problemas políticos de las sociedades opulentas occidentales. Suecia sufre también en estos años lo bueno y lo malo de la inmigración, en su caso la procedente de los países del Este a raíz de la caída del muro de Berlín y la de los kurdos que huyeron de la tenaza de persecuciones que formaban Turquía y Saddam Hussein. Muchos inmigrantes han venido a enriquecer las costumbres, la economía y la sociedad sueca, mientras otros han formado mafias dedicadas a la trata de blancas y a una delincuencia criminal violenta y sofisticada.

Y falla el sistema de partidos políticos, un sistema corrupto (Se trata de dinero e importa una mierda si los que designan a los ministros son socialistas o de derechas. I.34), que ha permitido además la proliferación de grupos neonazis y skinheads; un sistema por el que el Blomkvist, el periodista protagonista, no siente ningún apego. Hay un tratamiento irónico de los partidos en la utilización de su propaganda política, cuando los personajes de la novela toman su café en tazas con logotipos de los diferentes partidos que se distribuyen du rante la campaña electoral: esa es su utilidad. O cuando la periodista protagonista reflexiona sobre el hecho de que hace más de veinte años que no participa en ninguna manifestación (otro recuerda que sólo lo hace en los festivales del orgullo gay). Y esta crítica antisistema se hace desde unos presupuestos próximos a un nuevo anarquismo solidario y no violento protagonizado por jóvenes cuya presencia es apenas perceptible: la mayor parte de los protagonistas de Millennium son personajes bien entrados en la cuarentena y muchos de ellos cincuentones, cuando no jubilados (la vida por delante ya empezaba, cada día más, a formar parte de su pasado. II.158). Millennium viene a advertirnos que vivimos las vísperas de un cambio global liderado por jóvenes que ya han iniciado una guerra por el poder utilizando nuevas armas: internet y las nuevas tecnologías. Se mueven en un escenario para el que las actuales estructuras están obsoletas y reclaman nuevos derechos y la desregulación de internet. Fenómenos emergentes como el del Partido Pirata, con un escaño en el Parlamento europeo, ejemplifican esta nueva ¿ideología?.

VANGUARDIA DEL CAMBIO

Son los jóvenes, en efecto, quienes lideran el cambio, cabalgando sobre las nuevas tecnologías. El mundo de la informática está invadiendo todos los espacios de la sociedad actual, incluso aquellos más íntimos. Causa asombro y perplejidad la facilidad con la que jóvenes y adolescentes dominan los secretos de la informática sin haber recibido formación académica alguna en ese campo y a veces sin haber conseguido siquiera el certificado escolar.

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