Fendetestas

Pequeña eternidad

 
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RAMÓN ALEMÁN Hablar de cosas eternas es una infinita estupidez porque todos sabemos que la Tierra tiene sus días contados, y no por el cambio climático sino porque tarde o temprano el Sol se la comerá antes de estallar como una de tantas y tantas estrellas que hoy mismo –este mismo sábado– se han suicidado después de haber engullido a tantos y tantos planetas que tal vez algún día fueron habitados por unos seres tan tontos y obsesionados por la inmortalidad como nosotros.

Por eso me descojono cuando pienso en gente tan presumida como esos ignorantes faraones que ordenaron construir tumbas enormes para dar fe por los siglos de los siglos de una inmortalidad que apenas lleva transcurridos un par de milenios –un microsegundo en el tictac del Universo–. Unas tumbas que, por el simple deambular del viento, sólo serán polvo ese día en el que si los humanos siguen existiendo meterán en el mismo cajón de su Historia Antigua a Egipto y a esta minúscula era de petróleo y energía atómica que nos ha tocado vivir.

Esa misma idea es la que me desconcierta cuando los ayuntamientos creen inmortalizar a un ilustre muerto reciente bautizando una calle o una plaza con su nombre, aunque sé que estoy equivocado por dos razones. Primera: por lo general, el que da el nombre no pidió en vida tal reconocimiento. O sea, sabía que no era faraón. Y segunda: la intención de quienes ponen la placa es más emocional que eternizante; sólo comunican públicamente que su admiración por esa persona permitirá que sea recordada –a veces sin mérito– durante una ínfima porción más de microsegundo que el resto de los vecinos de la brevísima comunidad que habitó.

Cuando yo era pequeño me di un hostión en una escalera y mi padre me llevó corriendo a que me pusieran unos puntos en el hospital de Dolores de La Laguna, una especie de centro de salud prehistórico en la calle Juan de Vera. Años después, cuando la gente empezó a preocuparse por el patrimonio local, alguien descubrió que en la fachada de ese edificio viejísimo había, escondidas en cemento, unas ventanas mudéjares o andaluzas o lo que fueran. Y Adrián Alemán, hermano de mi padre, flipó porque adoraba la historia secreta de los muros de La Laguna. Otros años después quitaron el hospital y montaron una biblioteca, y ayer le pusieron a esa biblioteca el nombre de Adrián Alemán, un muerto reciente que quiso tanto, tan bien y con tanto mérito a su ciudad que dentro de unos miles de años llorará de rabia cuando sepa que La Laguna ya no existe.

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