SAMIR DELGADO
Las islas quedaron huérfanas por la pérdida de uno de sus más afanados estudiosos, un hombre de libros bajo el brazo que dedicó décadas de bonanza docente en las facultades de Ciencias de la Información y Arquitectura técnica, así como al cultivo sesudo de análisis históricos sobre la urbanidad insular con una gentileza intelectual que mereció premios de investigación de la talla del galardón Elías Serra Ráfols, la publicación sistemática de exitosas guías del patrimonio tinerfeño y excelentes trabajos monográficos sobre la vivienda tradicional, siendo especialmente destacable su aportación sobre la morfología del caserío de Masca y sus paseos por el casco de la Habana Vieja.
Yo jamás pude disfrutar de aquél café que prometimos compartir alguna fría mañana lagunera a través de una corta pero intensa amistad por correspondencia virtual, las preguntas que anoté para él sobre la privatización del suelo en Ciudad jardín y algunas ubicaciones orográficas de polémica ecológica quedarían finalmente sin respuesta, y el silencio reinó para siempre en nuestras respectivas bandejas de mails. Pero entonces, llegaron sus libros en adelante para suplir el vacío con la pasión contagiosa que lleva a la devoción por el patrimonio que nos funda como ciudad cosmopolita y el acercamiento cotidiano a las siluetas que dan sentido real a nuestra larga historia. Y así fue que su guiño personal sobre el futuro de estos escritos del cibercafé que deberían salir en la prensa diaria se hizo realidad, cosas del azaroso curso de las vidas. Así que aquí estamos ahora, cruzando nuevamente los puentes sobre Guadar, como el título de su novela repleta de latidos rurales y empatías isleñas que necesitan vencer los barrancos del olvido y alcanzar a manos llenas los tesoros que nos legó Adrián Alemán de Armas.
Por todos estos signos que van configurando nuestra propia odisea del lado de acá, valdrá siempre la pena arriesgarse en los proyectos que cada uno aliente en sus adentros y, sobre todo lo demás, sentir un respeto generoso hacia los ecos del pasado que también forman parte de nuestros escenarios en el transcurso de las estaciones. Tal vez así, las vigas del futuro tengan un arraigo sólido y las creaciones heredadas del acervo popular no sufran los peligros mortales del abandono. Como en cualquier pueblo del mundo, solamente quienes conservan sus raíces sacando igualmente provecho del roce con otras culturas tienen garantizado un lugar en la historia, de lo contrario no merecen la eternidad quienes no prestan oídos a las voces de sus ancestros.
Cuando vemos en muchas de las esquinas más simbólicas de nuestras ciudades el coro taciturno de algunos ancianos absortos en la calidez pasajera de la conversación, tenemos que ser conscientes de que allí habita el vínculo humano con nuestras procedencias vitales, cada vez más la pérdida súbita de muchos abuelos para nuestra sociedad está suponiendo un estado crónico de desmemoria. No dejemos que se pierdan las tradiciones, y menos aún las ganas de inventar cosas nuevas sacudiendo el polvo de las reliquias más viejas, aún tenemos muchas puertas que abrir y cerrar en la historia de las islas, como solía hacer nuestro querido Adrián Alemán de Armas.