RAMÓN ALEMÁN
El Paraninfo está otra vez abierto. Eso es un notición porque ese espacio no sólo tiene la mejor acústica de todas las salas de Tenerife –eso dicen los profesionales de la escena– sino que es pieza capital del puzle que conforma la historia emocional de la Universidad de La Laguna. Al saber que lleva diez años cerrado me pregunto qué lugares se habrán utilizado durante todo este tiempo para celebrar los eventos culturales que no cupieron allí en esta década. Me imagino el Aula Magna de Guajara, o el destartalado teatro de Magisterio, que ya no se llama Magisterio y que tal vez ya ni usa su teatro, o el salón de actos de la Laboral. Y no es lo mismo.
El Paraninfo tenía antes de su cierre un rancio encanto que no sé si es una jugarreta melancólica de mi memoria o algo que todos los que entonces lo habitamos supimos percibir. Seguramente son ambas cosas. Lo cierto es que aquel recinto, que más que de la Universidad era propiedad de un bedel secarrón pero eficaz y tolerante en su oficio de guardián, cobijó toda manifestación cultural que quisiera exhibirse en su escenario, y lo mismo dio tablas al cantautor Agustín Ramos y a los actores de Delirium que recibió a figuras internacionales como el uruguayo Daniel Viglietti y hasta la dicharachera Rosana Arbelo.
Y en medio de todo eso: asambleas de estudiantes que veían en la universidad una forma de hacer política, exposiciones en la salita de entrada, un poco de cine, gente ensayando o probando sonido a saber para qué... Hasta que el fresco de Cossío que adornaba el techo empezó a morir de humedad mientras el bullicio del edificio central emigraba definitivamente a Guajara y a las noches del cuadrilátero.
En 2009 el viejo Viglietti no llenaría ni la mitad del aforo, Agustín Ramos sobrevive como músico en Madrid, los estudiantes no hacen política y del Delirium original creo que sólo queda un actor. Pero el mural de Cossío ha sido restaurado y la sala sigue teniendo una acústica exquisita. ¿Y ahora qué? Alguien decía el otro día que el Leal y el Paraninfo han venido a resucitar en el peor momento porque la crisis impide programar y llenar los patios de butacas. Pero si ha sido posible reanimar el cuerpecito de este coqueto teatro, ahora hay que devolverle el alma como sea. Y aunque podría parecer que la pelota está sólo en el tejado del Rectorado, algo puede hacer también la comunidad estudiantil, esa que aparca cada fin de semana sus coches junto al Paraninfo camino del cuadrilátero.