ERICK CANINO
La Barcelona cultural (o cultureta) es como la panacea para los que siempre están soñando. Quizás yo el primero. Luego llegan conversaciones sorprendentes, como la que hace dos años pude mantener con Jairo, el que pone la rumba a mil con su Muchachito Bombo Infierno. Llegaba para una tocata a Tenerife y uno le preguntaba: "¿Qué suerte vivir allí, no?". Cataluña mestiza y todo eso... La pregunta es más un tópico que una genialidad periodística y, claro, su respuesta fue sorprendente en el mismo grado, por inesperada: "Qué va, hay mucho de cuento en eso. Ni mucho menos Barcelona es esa ciudad que muchos presentan como el marco perfecto para el arte, para la vida cultural y de ocio. Por ponerte sólo un ejemplo, aquí un martes después de las doce la noche no tienes nada que hacer, y si me apuras mucho te diría que los jueves no son muy distintos".
El miércoles pasado hablaba con Sonia Martínez, nueva compañera de la redacción, sobre la vida en Melilla. Sonia trabajó allí a´lgún tiempo. La comparación no tardó más de cinco minutos en fluir: "Me encanta Tenerife. Me sorprende la cantidad de actividad cultural que se genera casi que a diario. Si te cuento de Melilla...". Ella en realidad es de Sevilla.
De aquel miércoles hasta este sábado de Grácimus impreso pude asistir a una de las últimas funciones del Festival de Ópera (esa fusión exquisita vocal, orquestal y teatral), la golfería sonora de Los Delinqüentes (tan así que te dan ganas de rularle hasta el alma) y el mundo de versiones de Los Salvapantallas (con algunas de las mejores canciones de los 80 interpretadas con fiabilidad superlativa). Eso hasta donde yo llegué, que de ejemplos esta columna podría quedarse pequeña... continuando en Santa Cruz con las últimas exposiciones de TEA y llegando hasta Guía de Isora con la semana grande de documentales del MiradasDoc.
Y luego está quien sueña de manera inmutable con el Festival Internacional de Benicasim con ese humor quejumbroso del inconforme absoluto.
Quizás situaciones extremas en los tres casos. Ni Jairo, ni Melilla, ni llorón. Quizás el reto al alcance está en aplicar el gerundio.
La Isla, tan lejos de todo con ese grandioso mar que nos rodea. Quejas, y mientras, Pepe Benavente se sigue poniendo las botas.