JAVIER JIMÉNEZ
Recuerdo en el barrio, de niño, cómo nos atrevíamos con los muros que inundaban y separaban los altos edificios entre los que crecimos. Subíamos y bajábamos aquellos muros a base de saltos, de locas acrobacias de equilibristas que eran, entonces, las más recurridas y felices diversiones entre mi grupo de amigos. Pero la vida avanza rápida, muta y se esfuma sin avisar, y, casi sin pretenderlo, fui sabiendo de otros muros, de barreras que resultaban menos alegres y jubilosas, menos superables que aquellos muros y paredes de la infancia, que aquellas inocentes dificultades propias de espíritus precipitados.
Según se lo aprehenda y se viva, muro bien grande es el tiempo acordado, el socialmente convenido. Porque otro muro es la rutina, insalvable y omnipresente también, aunque pretexto misterioso para invenciones, fabuloso motor de cambios, aceite para el óxido, aliento potencial. Muros hay que son tumbas y otros que son losas: tumba la depresión, la resignación o la sumisión; en losa se convierte la común realidad cuando se viven realidades de ensueño. Con el devenir de los años, se abren paso, además, los desgarros del corazón (muros tan absolutos cuando azotan inicialmente y tan relativos, sin embargo, con los años): los referentes, los amores, los afectos. Muro es el miedo, legítimo e inherente a nuestra condición, pero pretexto a su vez para posibles mejoras y herramienta agraciada para ofensivas.
Muros feos son los juicios difamantes, si bien demoran menos en caer que el macabro empeño depositado en erigirlos. Muro es la mentira, la torpe postura basada en el engaño vil y en la estafa, por tantos réditos y a razón de tantos afanes infames. Muros pesados aunque franqueables son los que impulsan, cuando operan mal, los poderes establecidos y los fácticos, pero aún más tristes y terribles son aquellas sociedades en que éstos se vuelven finalmente crónicos.
Muros, también, las frágiles fronteras de los mapas, falsas tan a menudo como su azaroso trazado, aunque tan determinantes y absolutas en el devenir de los individuos y los pueblos. Gran frontera la que separa el sur del norte, muro incorpóreo y tan insalvable, escrito a diario a golpe de metralla y talonarios. Y muros son, igualmente, otras muchas fronteras, los embargos, las persecuciones, las represiones, las invasiones o esos tantos muros de la vergüenza, desde el crimen machista a los tabiques levantados bloque a bloque para negar justas evidencias, para dividir y no acercar, lejos, bien lejos, de aquellos célebres muros de la infancia, inocentes e irrepetibles excusas para la felicidad.