SAMIR DELGADO
Ángel Vizcaya abre cada mañana las puertas de la librería del Cabildo con la exactitud de un relojero suizo y el ímpetu generoso del animador cultural que convierte su obligación laboral en una bocanada de oxígeno para la ciudad. Tras sus gafas empañadas por el trajín diario hay una mirada inquieta que sortea hábilmente los escollos burocráticos a la hora de combinar una exposición de acuarelas con el estreno de nuevos libros en la apretadísima agenda mensual de este antiguo teatro tuneado para bien de la ciudadanía. Pero nunca sabe realmente cuando cerrará al caer la noche, el final de la jornada debe esperar al ritual de los aplausos de un público que repetirá la próxima vez, pues la librería del cabildo conserva la familiaridad acogedora del mundillo cultural y la atracción física de un espacio bautizado por el ángel de la jiribilla que lanza flechitas de curiosidad entre los pasajeros anónimos del tranvía.
No hay nada mejor para la salud cultural de un país que la buena alimentación de su literatura, ya no sólo por la mixtura de sabores que provocan los libros cocinados a fuego lento con los ingredientes propios del lugar y las añadiduras enriquecedoras del exterior, sino también por el beneficioso cultivo del gusto a la lectura que en las artes de la gastronomía toma la forma de una buena educación del paladar. Pero esta relación simbólica entre los platos de la tradición que hacen del almuerzo un peculiar momento de encuentro con lo nuestro y los libros de papel que robustecen la imaginación común sobre las historias del mundo, casi siempre ha quedado rebajada a la patética confusión del mercado, pues a nadie le sorprende ya que en los aeropuertos y en las superficies comerciales la venta masiva de los típicos manuales de mojos con guindillas turísticas han fulminado la imagen literaria de Tenerife que tanto cautivó al visitante, al igual que los best sellers novelísticos tan vanagloriados por los índices de consumo están dislocando la mirada insular cada vez más desconocedora de su propia tierra.
Muy lejos de cualquier atisbo de chauvinismo poético y a millones de años luz de la mezquina costumbre de menospreciar lo propio para beneficio de lo foráneo, como si no fuera a su manera también localista la repetida trama policíaca neoyorquina y el decorado pastiche de la urbe parisina, la impresión que nos llevaremos al echar un bocado visual a la librería es muy didáctica para superar las fobias propias y los extravíos ajenos, ya que probar los volúmenes sobre los viajes de Humboldt y el padre de Oscar Wilde, las memorias de Dulce María Loynaz y los escritos de Luis Diego Cuscoy dará a las autoridades un buen tirón de orejas sobre la eficacia de la cultura sobre los campos de golf y las batucadas en Islandia, para los mayores de edad sería una oportunidad de empacho con buffet a la carta y para el piberío recién llegado, la librería del cabildo sería como un mp3 a toda volumen con los mejores temas ´made in Tenerife´.