BEATRIZ DE VERA
El primer elemento sospechoso lo encontré en Praga. Allí esperaba por duplicado para darme la bienvenida, todo el sobresonriente elenco de Añoranza, entre un vinilo de Mozart y otro del que es al parecer, yo no opino, el Tom Waits checo. No le presté la atención merecida a la anécdota, sin embargo, por aquella confusa espacio-temporalidad que tienen todas las ciudades ex-soviéticas. Empecé a percatarme de que algo pasaba en la tercera tienda de música de Frankfurt en la que Los Sabandeños presidían con sus folclóricas mantas esperanceras la sección de música folk, y tuve definitivamente claro que existía una confabulación para llamar mi atención cuando en una pequeña tienda de París un injustificado "Vamos, cantemos" me paró un segundo el corazón del modo más prosaico. Igual que un estornudo. Huí de este anacronismo nostálgico que empezaba a darme miedo y acabé en otra Isla, a punto de ser atropellada por la izquierda e impulsada sobrenaturalmente a entrar a otro paraiso de la antiguaya musical.
Cuatro veces seguidas son demasiadas veces para ver el gesto amenazante de José Velez contemplándote desde un sótano inglés. Ya no había dudas: no estaba en el siglo XXI, algo gordo pasaba en Tenerife y alguien quería avisarme. Pedí al dependiente que me llamara a un taxi. Me miró sin alarma alguna y me recordó con muy mala voluntad que le debía 50 libras, así que salí de aquel maravilloso antro y volví a casa. Aparecí con la cámara preparada y la esperanza de no llegar tarde a algún tipo de revolución cultural, de encontrarme Lemus a rebosar de best sellers canarios, al Auditorio regalando entradas a estudiantes para ver Superproducciones teatrales propias, al Leal a la altura del Cuyás... Pero "que no te vistas que no vas..." fue mi brusca vuelta al ´dosmilyalgo´ y la certeza de haber tenido un pálpito fallido.
Corrí a pedirle a mi taxista que me llevara de vuelta pero ya se había enfundado una camisa de flores y tiraba con una precisión pasmosa los restos de su Mcmenú al pie de una palmera. Supe entonces que iba a quedarme, porque ya no me quedan viajes para fardar, y quién sabe, igual los esfuerzos de la Consejería por sacar a los talentos canarios de las Islas den su fruto y nos quedemos algún día con dos o tres hijos pródigos; o quizá no esté tan mal y acabemos siendo una suerte de Bélmez cuya sacra atracción turística sea el nuevo milagro de los presupuestos culturales, al más puro estilo de los panes y los peces; o quizá, por qué no, sea de las afortunadas que alquile un piso precioso en aquel antiguo edificio de las Ramblas, con homecinema incluido; o, sin apología de nada, puede que un día explote el Auditorio, y la verdad, no querría perdérmelo.