RAMÓN ALEMÁN
Para no variar, la página loquepasaentenerife.com tiene en su portada un buen reportaje, en este caso sobre el limbo sin fecha de caducidad en el que llevan instalados desde hace cinco años los pequeños cines Aguere, el último vestigio de una defenestrada red de salas que se desperdigaban por La Laguna antes de que el vídeo e internet acabaran con la edad de oro de un imperio de fantasía para devoradores de golosinas y mentiras a todo color.
El éxito de multicines clónicos con pinta de McDonald´s que ofrecen pelis como quien vende hamburguesas demuestra que la gente sigue prefiriendo pagar una entrada antes que ver en la tele un 'screener' bajado de internet, y eso a pesar de que esas cómodas salas a las que vamos ahora no tienen el encanto de los decadentes santuarios que hace pocos años poblaban no sólo La Laguna sino todas las ciudades del planeta. No es lo mismo ver 'Ágora' en la pantallita de tu casa que hacerlo a todo trapo, pero tampoco es lo mismo poner por enésima vez 'El violinista en el tejado' en DVD que verla como aquella vez que una mujer reunió a duras penas una montaña de monedas de media peseta para que sus hijos contemplaran en el elegante cine Coliseum a Topol cantando el 'Si yo fuera rico...'.
Hace unos años lo de ir al cine en La Laguna era un acontecimiento fantástico que transportaba cada domingo a una manada de hermanos, primos y amigos a un universo paralelo en el Parque Victoria, el Aguere, el Coliseum e incluso el teatro Leal, que en el intermedio (había intermedio) pasaba unas cutres diapositivas en blanco y negro a modo de publicidad de comercios locales. O el Dácil, que estaba en el territorio comanche de Barrio Nuevo pero a veces había que ir porque allí ponían la última de Louis de Funes o alguna joya como 'Hace un millón de años' o 'Viaje alucinante'.
Todas estas gilipolleces nostálgicas también las sentirán dentro de treinta años y de otra forma los niños que ahora van a los Yelmo y los Alcampo para maravillarse con cada nueva entrega de la incombustible Disney, y eso demuestra que el ritual de sentarse en una butaca a comer golosinas frente a una pantalla que vomita mentiras a todo color no ha perdido del todo la guerra contra el vídeo e internet.
La pregunta es: si la sala de cine es viable, y si además es probable que miles de personas prefieran ir a una perfectamente instalada en la elegante ruta peatonal de La Laguna antes que a las que quedan al final de un clónico aparcamiento subterráneo, ¿a qué esperan para hacerle el boca a boca al cine Aguere los que tienen la oportunidad de salvarlo?