SAMIR DELGADO
Barrio Nuevo es un auténtico enclave lagunero que conserva a duras penas sus peculiares señas de identidad, casi a medio camino entre el casco histórico ensalzado como patrimonio de la humanidad y el populoso radio de casas terreras habitadas por los estudiantes que escaparon de la especulación inmobiliaria. Fundado por un republicano con ideales socialistas que fue desaparecido en el 36, este barrio de familias trabajadoras circunda un barranco donde aún pueden hallarse antiguos lavaderos, molinos de viento y un camino real con grabados precoloniales. Su placita central está ubicada al socaire de un gigantesco Laurel de indias y unas callejuelas empinadas que limitan con el polígono de la Verdellada y la polémica Vía de Ronda, que conecta a toda velocidad la ciudad universitaria por su puerta de atrás con la desdibujada Vega agrícola.
Allí se encuentra la Casa Tahime, un local alternativo que cumple diez años de existencia con su gesto picasiano, resistiendo entre sus cuatro paredes coloridas a la embestida de las oficinas bancarias que crecen como la mala hierba. Ya forma parte del itinerario cultural más comprometido, una referencia obligada para el tránsito de todas las novedades culturales y sociales que dan marcha reivindicativa a cada mes en la isla, ofreciendo en sus noches de gala un tipo de ocio juvenil ajeno por completo a la fantasmagórica inercia del cuadrilátero, donde la diversión enlatada del copeteo en los bares siempre acaba bajo el zoom de las cámaras de vigilancia policial.
En La Laguna cada década tiene sus mitos, hace poco un proyecto urbanístico demolió el bodegón tradicional que fue durante mucho tiempo la oficina simbólica de Nijota y otros poetas que buscaban la inspiración entre las perras de vino que hacían tambalear la torre de La Concepción, nadie recuerda ya muchos otros bares de moda que acogieron las discusiones políticas de la transición y los amoríos de generaciones pasadas que hicieron de la vieja Aguere su eterno lugar de adopción.
Tal vez en estos tiempos de acelerada desmemoria y frenética competición, la pugna diaria entre los establecimientos nocturnos y las instituciones culturales para ganarse la fama del público en sus convocatorias esté amañada por la trama de las subvenciones o el peso del capital privado, pero lo que distingue a la Casa Tahime de cualquier otro sitio, a semejanza de los ateneos libertarios y los centros ocupados por el virus de la utopía, es que su vida late en torno a una asamblea, todo se decide con la tibia espontaneidad del compañerismo, ni la propia Concejalía de cultura con su tosca gestión piramidal es tan democrática en su funcionamiento.
Por eso, bajo su techo donde rebotan los ecos de luchas ecológicas y solidarias no habita el pasado remoto sino el futuro anhelado, la arquitectura de un mundo mejor, algo así como un patrimonio hecho a la inversa.