JAVIER JIMÉNEZ
Voz que llegaba desde lejos y, sin embargo, siempre nueva; aquella voz, hoy eterna. Actitud recia, noble porte y entrega tenaz, la Negra Sosa, Mercedes. Hincó sus manos en tierra india, por gritarle sus penas -y alegrías- al mundo entero. Esta última semana me he entregado, con insalvable aflicción, al dulce placer de escucharla de nuevo, como tantas veces antes, durante tantos años. Mercedes murió cantando; difícil imaginarlo de otra manera. Entre sus cientos de grabaciones, la Negra publicó, en 1996, un álbum que tituló Escondido en mi país, donde incluyó milongas, zambas, cuecas, y una adaptación de esa chacarera sin par que es "Para cantar he nacido", canción que, en apenas sus cuatro minutos de duración, puede resumir todo cuanto la Negra fue.
En la chacarera (danza y música original de Santiago del Estero), en aquella que se cultiva apenas alterada por regustos insípidos y redobles sobrantes, en esa chacarera que desgarra, intervienen apenas tres instrumentos: la guitarra, el bombo y el violín. Mercedes le sumó, en esta interpretación, un piano; y la sublimó. La chacarera es una música rocosa, es un tren sonoro que cabalga, que se abre paso increpando, altiva, trotando al viento. La Negra cantó Para cantar he nacido como si su voz de proyectil y caverna fuera aquélla para la que fuese compuesta años antes, modulando, silabeando, empujando, gritando, retorciendo: "Mi sangre canta por dentro / como la lluvia por fuera, / la noche canta y convierte / sus pájaros en estrellas, / pero cuando canta el pueblo / musicaliza mis venas.". Hay que volver siempre a ella, a esa voz casi extraterrestre y, sin embargo, de tanta raíz, de tanta hondura, voz tan necesaria: "Si el canto no se levanta / como la hoguera del fuego, / si no libera las penas / de los que están en la tierra, / de nada sirve que suene / la voz de la chacarera.".