JAVIER JIMÉNEZ
Como cualquier vida, ninguna muerte supone lo mismo que otra. Hay muertes súbitas y muertes progresivas, muertes particulares y muertes masivas (que no son más que sumas de muertes particulares), muertes queridas por unos y esas mismas muertes indeseadas por otros. La muerte, que es una parte más de la vida, tiene el don de hacerse notar cuando aparece, existe sólo cuando se encarna, cuando toma cuerpo, en una necesaria planta marina, en un continente que es en tanto que sigue siendo hielo, en una etnia desplazada, en un padre o en un escritor. Ayer (por el miércoles) la muerte visitó, definitivamente, a Rafael Arozarena. Flirteaba con ella a menudo, en los personajes y temáticas de todo cuanto creaba y en su manera misma de vivir, rebosante de un admirable sentido del humor.
El agudo ingenio por bandera, la respuesta rápida, la incisiva apreciación. Dotado de una enorme capacidad para la improvisación, Rafa fue un genio inconformista y un burlón respetuoso que, a veces, también gruñía. Parecía explotar cuando sonreía, deformando los surcos que corrían su cara, manantial con que empapaba de vida cualquier resquicio de mala muerte. Practicaba la sana tarea (y escasa virtud) de la generosidad, con sus amigos y con tantos y tantos demandantes y beneficiarios de su sabiduría, de su anecdotario, de su cosmovisión. Cuando hablaba, se comía al auditorio; cuando hacía por escuchar, lo hacía de verdad, y te escuchaba.
En el circo de nuestros días, Arozarena gozaba de un merecido y doble reconocimiento: a su persona y a su obra. Un escritor que hizo región, en un paisito tristemente apestado y apocopado por una especie de mal crónico proveniente de patéticos y rancios ombliguismos insulares. Generoso y agradecido, así se hubiera mostrado Rafael, ahora que le lanzamos todas las loas del mundo. Y aunque él fue un ser afortunado en el encuentro y el goce con el reconocimiento y el afecto de una inmensa mayoría, no siempre sucede así. No dejemos que la velocidad del día a día y los novísimos (y no sólo) egos de la creación artística, nos cieguen del tributo cotidiano que merecen tantos seres extraordinarios con los que convivimos, antes de quedarnos aún más huérfanos.