Entre líneas

Crisis

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JAVIER JIMÉNEZ
Hace apenas un rato, me llamaba por teléfono el organizador de un festival que se celebrará próximamente en Tenerife y me mostraba su asombro ante la cantidad de peticiones de trabajo que está recibiendo durante estos días previos a la celebración del mismo. "No te lo vas a creer, pero me llama gente ofreciéndose desde para servir copas hasta pegar carteles", me comentaba este gestor, además de hacerme hincapié en la cantidad de currículos que está recibiendo, de personas preparadísimas brindándose "para lo que sea". El festival, entre la ingente y excelente cantidad de actividades que ofrece, contará con un mercadillo dedicado a las labores que realizan organizaciones no gubernamentales, artistas, artesanos y algunas empresas. "Yo dependo de esto para comer y para mí lo de la feria es un escaparate muy bueno y necesario", le explican también a este promotor otras tantas personas que desean hacerse un hueco entre alguno de esos puestos de exhibición, lamentablemente ya copados: "Pero a mí no me importaría compartir stand", le insisten.

La semana pasada me reencontré con varios amigos. Quedamos para cenar y hablar un rato, y terminamos por estirar la noche. Conversamos de lo de siempre, que nunca es de lo mismo, aunque siempre es igual. Todos coincidimos en percibir y diagnosticar un preocupante retroceso social, un atraso importante en materia ya no de derechos fundamentales (que, en otros momentos de la noche, convenimos en que también), sino en cuestiones más estructurales, derivadas de una sociedad sin un rumbo claro, maltrecha y ajada por las insólitas muestras de corrupción y perversión provenientes de estamentos absolutamente esenciales para nuestro buen desarrollo y progreso. Y concluimos con que, aunque Canarias, décadas atrás, padecía un atraso alarmante, ello no excusa a los responsables públicos de estos últimos seis lustros del adeudo por no habernos ayudado a arribar, de la mano del resto de agentes e individuos que conformamos esta sociedad, a mejor puerto que este entuerto.

Leo estos días, con estupefacción, una ristra de descontentos, reprobaciones y leves exigencias a raíz de ciertos recortes presupuestarios anunciados desde la Administración. Pero, como en cualquier otro momento histórico, en este tiempo de crisis económica y de debilitamiento democrático, encontramos dos tipos de demandas bien diferenciadas: aquéllas que provienen de púlpitos, altares y trampolines (más proclives a curar el daño que a la búsqueda y extinción de sus causas), y las demandas que se fraguan y lanzan desde la trinchera. Las dos existen y conviven entre sí, aunque, entre las dos, es otro el afán, y suele serlo también el logro.

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