RAMÓN ALEMÁN
Ahora que Jorge Drexler prepara nuevo disco me viene a la memoria una de tantas odiosas comparaciones de esas que alguien vomita sin más y otros amplifican hasta darles categoría de comentario oficial y estúpido. De Jorge Drexler se dijo, después de que se liara con la presunta actriz y cantante Leonor Watling, que era "el nuevo Víctor Manuel". Y todo porque se da la simplona coincidencia de que en ambos casos un cantautor y una cantante y actriz se juntan y van por ahí desperdigando no sólo su arte sino su buen rollo de pareja perfecta.
Si en algo se pueden equiparar Víctor Manuel y Jorge Drexler es en eso de la parejita, pero el resto de la comparación no es que sea odioso, es que es absurdo. Porque si el asturiano fue en su momento un joven que rasgueaba modestamente la guitarra para acompañar a una voz portentosa con la que cantaba unas canciones sencillotas y más o menos interesantes, el uruguayo es un artista total al que le fueron concedidas una serie de virtudes que han hecho posible el parto de temas tan sublimes como Río abajo, Salvapantallas o Todo se transforma, dulces joyas de la canción que no nacen porque sí sino porque detrás hay un monstruo de la música que domina los vericuetos ancestrales de la guitarra y además es un letrista geométrico y audaz que canta como los ángeles y decide al milímetro qué arreglo precisa cada corte de su nuevo CD.
Hay que decir en defensa de Víctor Manuel que en sus tiempos los cantantes no tenían un control tan directo de su trabajo ni la tecnología que ahora le permite a Jorge Drexler dejar casi listo un disco en el pequeño estudio de su casa. Pero ese nuevo panorama de autogestión de poco le habría servido al cantautor español en sus años mozos porque de una mina de plata no se suele sacar oro.
Sin embargo, hay otra cosa que los une: la suerte. Víctor Manuel en su momento y Jorge Drexler hoy son sólo la hermosa punta de un iceberg de talentos que se vienen congelando generación tras generación bajo las tremebundas aguas de la industria musical. A medio camino se quedaron, chapoteando en el hielo, decenas de buenos artistas que no estaban en el lugar adecuado en el momento oportuno.
En este mismo instante muchos cantantes brillantes merodean en las orillas de esa montaña de hielo, sin fuerzas o sin apetito de llegar arriba pero felices de que alguien los escuche. Son gente como el israelí David Broza o el tinerfeño Andrés Molina, ambos conocidos de Jorge Drexler y músicos totales que seguramente se alegran de ver a su compañero en la cima del confuso iceberg mientras se preguntan si realmente valdrá la pena subir tan alto.