JAVIER JIMÉNEZ
En una serie de artículos acerca de la moral y la política, Albert Camus alude a los peligros que entraña la profesión periodística y afirma que, al ejercerla, "por querer lo mejor, uno se dedica a juzgar lo peor y también a veces lo que está menos bien". Pero ¿quién dicta, y en base a qué, lo que está bien y lo que está mal, y dónde colocar la línea divisoria entre ambos valores? Camus advierte, entonces, del peligro de creerse con el privilegio de la clarividencia y la superioridad, de franquear la frontera que separa la moral del moralismo. Para él, atendiendo a la reflexión crítica y la escrupulosidad, en el ejercicio del periodismo es fundamental dar con la ironía o, en su defecto, con el sentido de lo relativo, "con infinitas precauciones y eligiendo las palabras", para encontrarle el tono cierto a un amor por la verdad que no impide tomar partido.
En las últimas semanas se ha venido publicando acerca del miedo de los artistas canarios, en foros de Internet y en tribunas periodísticas más o menos consagradas y privilegiadas. En los primeros, desde el anonimato, se ha tendido a desprestigiar y a aprovechar poco una coyuntura a priori propicia para hacernos crecer como comunidad en proceso que somos. Desde las segundas, significativamente, se ha querido justificar lo que parecía injustificable, desviando el foco de atención o esquivando posibles responsabilidades, propias y ajenas, acudiendo a retóricas añejas y descalificaciones. Las palabras, sin embargo, no atienden a principios fortuitos, los idiomas no se construyen gratuita o azarosamente, nos equivocaríamos si confundiéramos, por ejemplo, miedo y cobardía. Aunque ambos condicionantes pueden, ocasionalmente, situarse sobre una misma cabeza, la paralización o la precaución que se deriva del miedo no debe confundirse con la hipocresía que emana de la cobardía; estaríamos tomando la parte por el todo. El miedo no implica siempre inmovilidad ni docilidad (el sentido de lo relativo de Camus; "desayunar dudas cada mañana", que dijera Galeano). El miedo es un motor activo para el cambio, por lo que no es condenable sentirlo, sino, en todo caso, provocarlo. De la cobardía, sin embargo, no esperemos más acción que la traición. Además, el miedo precede siempre a la cobardía y resulta reprobable –por torticero- hacer una lectura a la inversa, responsabilizar a los artistas canarios, como a cualquier otro profesional, de ser precavidos ante quien, en un ejercicio errado de sus responsabilidades, amenaza, niega o excluye. Si ese miedo existe, hagamos por escuchar y hacernos escuchar en igualdad de condiciones, que no son eternos los cimientos de ninguna tribuna. Sólo así, desde la ecuanimidad, tendrá sentido cualquier demanda.