JAVIER JIMÉNEZ
Hace unas semanas, en una entrevista publicada en El País, el periodista estadounidense David Simon arremetía contra la blogosfera, por ser una mera concentración de comentarios acerca de informaciones tomadas de otros lugares. También se mostraba crítico respecto de su profesión, la periodística, en la que han desaparecido la crítica y la investigación, el análisis y la búsqueda de los porqués a las cosas. "No es sólo culpa de la aparición de Internet", afirmaba, sin embargo, Simon, responsabilizando en gran medida a los dueños de la industria periodística de ceder a los reclamos del sistema capitalista, hasta privar a los medios de sus propias ambiciones e ideales, terminando por prestar menos atención a los contenidos.
Simon hablaba de la realidad que más conoce, la de su país, pero esa importante ausencia de compromiso en el periodismo actual norteamericano es del todo extrapolable a cualquier otro lugar del planeta. Si en los medios de comunicación de ámbito estatal esta situación va en aumento, en los medios regionales y locales se imponen abiertamente las notas de agencias y los comunicados de gabinetes, las ruedas de prensa, los fijos, las fotonoticias y los breves. Casi no hay cabida para la investigación, no hay crítica, todo lo máximo opinión, ya sea por intereses editoriales, por presiones político-empresariales o, simplemente, por prevención y temor. Con ese miedo a represalias, al recorte de patrocinios, subvenciones y publicidad, a despidos o a ser relegado o apartado en una redacción, trabajan hoy muchos periodistas, padeciendo el mismo mal que viven otros tantos profesionales. Es el caso, por ejemplo, del sector de la cultura, como escribiera Erick Canino hace tres días en este mismo diario, en una columna que tituló "Miedo": miedo del creador, del músico, de quien dirige una compañía de danza o de teatro, del productor, miedo a hablar, a opinar.
El miedo está presente en muchos escenarios de la vida cotidiana, miedo a determinadas compañías en el trabajo, miedo a expresar libremente una opinión, a simpatizar con esto o participar de aquello, miedo a estar en situación irregular, miedo a disentir, miedo a ser. Y así escasean las voces críticas, en el periodismo como en todos los ámbitos, temerosas de poder ser condenadas, si no han sido ya sutilmente embelesadas. Claro que hay también otros miedos, quizás menos objetivables, pero más profundos y arraigados, complejos que terminan por desarrollar los pueblos colonizados. Pero éste es otro cantar, como el del pájaro de ese admirado escritor uruguayo, enjaulado tras una puerta abierta, "temblando del susto a la libertad".