INOCENCIO HDEZ (*)
Decía Albert Einstein que la belleza no mira, sólo es mirada. La percepción que tenemos de alguien puede permanecer intacta durante siglos o desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos. Continente y contenido juegan al despiste… Todos hemos escuchado en directo a músicos de éxito (con largas trayectorias y miles de discos vendidos) y nos hemos llevado las manos a la cabeza ¿Cómo es posible que fulanito suene a noche de tormenta? Un combinado de parámetros abre la veda de la sorpresa: estudios de sonido que convierten un chirrido en una oda al equilibrio, técnicos especializados en maximizar-minimizar virtudes-defectos y un sequito de publicistas, ejecutivos y gestores que pulen hasta la mancha en el culo que el susodicho/a jamás había visto.
Que la imagen es fundamental para iluminar cualquier proyecto artístico no es un secreto, como tampoco lo es que el talento más diáfano sea desvirtuado por intereses de mercado. Dicen los expertos que en un currículum el rostro del candidato es casi tan importante como los máster realizados, no como sustitutivo, pues es evidente que un guapo que se presente a director de banco sin el graduado escolar, se irá igual de guapo por donde ha venido, pero sí para que el tipo de recursos humanos al menos tarde un poco más en tirarlo. Afirmativo, el peso de la imagen pesa tanto como para inclinar la balanza a favor de aquel al que la naturaleza ha dotado (alelos quirúrgicos aparte) con el don de la buena impresión. En el terreno literario por ejemplo, sabemos que existen miles de escritores que han dejado grandes obras dormidas cual cenicienta, esperando a su príncipe azul (campañas publicitarias de presupuestos elevados con amplias y eficientes conexiones) que las despierte de la angosta competencia editorial. En este caso la belleza del autor está en el pensamiento y su manera de expresarlo, pero para contemplar dicha voluptuosidad intelectual, primero has de saber que existe.
Los premios y reconocimientos póstumos suelen ser ejemplos trágicos de este azar, menos azaroso de lo que pensamos. ¿Y qué me dicen del político que nos tira más que otro, del aspecto de la niñera que cuidará de nuestro hijo o del coche que elegiremos sin saber muy bien por qué? Aunque creemos que dirigimos conscientemente nuestra voluntad, el inconsciente suele mover los hilos perceptivos con una efectividad tal, que nos asombraría conocer su poder real. Como decía Einstein, ¡triste época la nuestra, es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio!
(*) Publicista