PEDRO J. MÉRIDA
Arrástrame al infierno
Reconociendo que Sam Raimi me estaba empezando a caer un poco gordo a consecuencia de sus desmanes con nuestro amigo y vecino el trepamuros a lo largo de tres películas (sí, la segunda parte de Spider-man, vista de nuevo, también es una solemne mamarrachada), me faltan agallas para resistirme a sus propuestas más honestas, que son aquellas donde se apaña con presupuestos de miseria.
Arrástrame al infierno, más que un acto de contrición por los pecados cometidos al servicio de la maquinaria de hacer dinero como churros, es una auto-reivindicación de las capacidades como cineasta gamberro de las que Raimi nos había privado en tiempos recientes.
No es difícil encontrar paralelismos en el personaje que forma tan convincente recrea Alison Lohman con el Ash de la trilogía de Evil Dead. Más que un intercambio de sexos, Raimi logra esta vez desarrollar a lo largo de un metraje agradecidamente escueto a un personaje que, al margen de sus filias morales y de su más o menos previsible destino, genera la suficiente empatía con la audiencia para convertirse en una anti-heroína tan del gusto del autor de semejante gamberrada. La película es un verdadero pulso al espectador a la hora de poner a prueba su capacidad de resistencia nerviosa ante una avalancha de momentos escalofriantes que pueden llegar a inducir fuertes taquicardias. Por fortuna, Raimi sabe calibrar como nadie la forma en la que ha de maltratar al espectador, ofreciendo alivios cómicos muy de agradecer entre tanto torrente de adrenalina.
Arrástrame al infierno es casi una carta de despedida a cierto tipo de cine que dejó de hacerse hace ya dos décadas, donde lo que importaba era el rato que como espectador disfrutabas en la sala de cine pasándolo mal porque la historia, los personajes y las situaciones enganchaban hasta el punto de que hacías lo posible porque hasta el último de tus amigos disfrutase de la experiencia.
Probablemente nadie diga que esta es la película del verano, así que con dos cojones lo afirmo y me quedo tan ancho.