DAURA VERA | ADEJE
iguel Bosé fue Papito más que nunca. Resplandeció ante el público tinerfeño. Aunque se hizo esperar unos diez minutos, su entrada fue triunfal, como la de las grandes estrellas de Hollywood. La música dio paso a un Miguel Bosé que salió entre la sombra para ser el foco de todas las miradas y repartir toda su energía entre cada uno de los presentes. En su último concierto de la gira el artista siguió sorprendiendo, aun después de haber estado en dos ocasiones por Canarias, con Papitour, que engloba su último disco, Papito, y toda una vida dedicada a la música.
Hizo su aparición como Amante bandido, haciendo que el público se desbocara y siguiera su danza hipnótica. A partir de su segundo tema, Sereno, demostró aún más su alma escénica, custodiado por los coros, formado por Mili Vizcaíno y Helen de Quiroga, quien le ha acompañado durante muchos años en sus giras. La canción más emblemática del concierto fue Nena, que sonó por duplicado y fue uno de los temas de cierre con una versión muy especial de Quiroga, sólo acompañada por el teclado, quien demostró sus grandes tablas sobre el escenario y despertó la admiración del público.
Con Bambú, Bosé sedujo al público con un balanceo de chaqueta. En este tema, el artista apareció escoltado por los coros y parte de la banda, con las guitarra y voz de Alberto "Tolo" Pueyo y la guitarra de Pedro Andrea junto al bajo de Mikel Irazoki, que hacía las veces de director y productor de la gira. Completan el elenco de músicos el teclado de Iñaki García y la batería de Yuri Nogueira.
Uno de los puntos fuertes del concierto fue el colorido juego de luces, siguiendo el ritmo de las canciones. Fue el caso del emocional Gulliver, con iluminación formando circunferencias en rojo y blanco, mismos colores que en el electrizante Sevilla, que apasionó al público.
Llenando el espacio del escenario, Mirarte fue todo un desfile del conjunto en círculos para interpretar el juego de miradas de la canción ante los presentes, expectantes de las pequeñas sorpresas que el artista y la banda les brindaba. Le siguió Partisano, todo un sentido himno de la paz que conmovió a los espectadores.
La sencillez emotiva fue el ingrediente principal de Creo en ti, que comienza en las escaleras para luego acercarse a los asistentes. La dulce balada Linda hizo recordar a muchos los primeros años que el artista dedicó a la canción.
Por su parte, la belleza de Amiga cautivó a un público ya entregado. El conjunto de guitarras y voces acompañó a Bosé en las escaleras, con música principal del teclado de Iñaki García. Los temas más dulces de su carrera, como la preciosa balada Te amaré, presente en Papito, emblandecieron el alma de los asistentes, que corearon las letras.
Como contraste, el divertido Super superman, uno de los primeros éxitos de toda su carrera, hizo danzar a los espectadores, como con la traviesa Los chicos no lloran o Morenamía, en un amarillo sensual acorde a los movimientos provocativos del artista, que mostró su cara más gamberra. En Como un lobo, Bosé, Vizcaíno y De Quiroga demostraron sus dotes coreográficas sobre la escalera. Las dos voces femeninas destacaron especialmente en esta canción, haciendo las veces de Bimba Bosé en Papito.
El cantante volvió a cautivar a los asistentes con su lado más sensible con Si tú no vuelves y los hizo volar libres sobre el lugar del encuentro durante su interpretación del emblemático Nada particular, iluminado en blanco y con una espectacular guitarra de Pedro Andrea, que lució su torso durante toda la actuación.
Papito cerró para volver a abrir en tricromía, blanco y negro en vestuario y lámparas en rojo, cantando el desgarrado No hay un solo corazón que valga la pena, desde la parte alta del escenario. Siguió con el clásico en azul Olvídame tú, en compañía de la enérgica guitarra de Tolo Pueyo. En rosa, el público coreó Hacer por hacer, uno de los temas más seguidos del último álbum y que resultó casi perfecto, a falta de la fantástica Gloria Gaynor.
Cuando parecía que todo iba a acabar, los asistentes aún querían más y, por petición popular, el artista interpretó Don Diablo, uno de los temas más recordados de toda su discografía por su simpatía particular que parece infantil pero que, como muchos de las canciones de Miguel Bosé, puede verse con una doble intención.
La picardía y el descaro se conjugaron bien con la gran elegancia en el andar de Bosé, que debe proceder de esa dualidad de ascendencia torera e italiana. En total, dos horas de espectáculo en el que la puesta en escena del artista y músicos y un atrezzo simple pero llamativo movieron los cimientos de aquellos que incluso no seguían la carrera del cantante. Toda una sorpresa para ellos y toda una delicia para los que ya habían acudido a las dos citas anteriores del tour por Tenerife.