Análisis Mirando a África

El mercado central de Nouakchott

31.07.2016 | 03:16
El mercado central de Nouakchott

Una de las expectativas que casi nunca defrauda en una capital africana es el mercado local. No podemos pretender encontrarnos con una gran superficie al estilo europeo, aunque a veces nos llevamos más de una sorpresa. En mi caso, voy a relatarles mi agradable asombro cuando me adentré en el mercado central de la capital de Mauritania. Nouakchott es una ciudad enorme que va camino de convertirse en gigantesca. En torno a un millón de habitantes viven en una urbe creada de la nada en los años en que el país logró su independencia. En el centro geográfico de la ciudad, que no centro económico, que se halla disperso, nos encontramos con el mercado central de la ciudad.

Al contrario que en otros países musulmanes, no se trata de un Suq, un zoco, al estilo tradicional. Los zocos suelen articularse en torno a un espacio abierto, una plaza, con edificaciones a su alrededor que distribuyen los locales comerciales, casi siempre de pequeño tamaño. En el caso de Nouakchott, su mercado central nació como un edificio de una sola planta, provisto de decenas de habitáculos destinados al comercio. La cuestión es que hoy día, cuando uno se acerca al mercado citado, es que, simplemente, no se ve el edificio. Y no se ve porque a su alrededor se levanta un verdadera amalgama de tiendas y toldos que invade un círculo de unos veinticinco metros a su alrededor que hace que parezca un campamento improvisado e incongruente, al modo del desierto, pero en un entorno urbano. Y no deja de ser así, ya que una de las explicaciones del aparente caos de Nouakchott es que se levantó siguiendo los criterios del montaje de un campamento beduino. Es decir, uno aquí y otro allá, de forma que no se molesten el uno al otro, pero sin plan establecido.

Ese círculo alrededor del invisible edificio del Mercado está copado por senegaleses que ofrecen una serie de productos de lo más insospechado. Desde agua y carne de coco, pasando por zumos de frutas tropicales, telas de colores, y una increíble oferta de sandalias y calzados, todas muy del gusto mauritano.

Cruzar este conjunto de toldos, en los que hay que agacharse para pasar, es como retroceder imaginariamente en el tiempo y saltar a un mercado medieval según nuestro concepto europeo, pero en la realidad actual. Los vendedores más insistentes ofertan sus productos a viva voz, a un nivel de potencia vocal digna de cualquier coro de ópera. Si el visitante es capaz de obviar los cantos de sirena de los vendedores y seguir por el espacio destinado a entrar en el mercado, se encontrará en otro ambiente completamente distinto. Por unos instantes, encontrará orden. Una serie de locales comerciales, todos de un tamaño similar, se abren al visitante ofreciendo productos de una evidente mayor calidad: calderos y otros utensilios caseros de cobre, incluso de bronce; telas en rollo de todos los colores imaginables; aparatos de comunicación telefónica de última generación, y de penúltima también; velas de cera y sahumerios de olores insospechados; frutos secos de todo tipo a tutiplén; artesanía local genuina y otra más dudosa made in China; aparataje de ferretería del siglo XXI y del XIX; todo ello en locales techados. Unos pasos más allá se accede a los patios, protegidos del inclemente sol por toldos y más toldos. En los patios aparecen los profesionales: vendedores de bebidas, sobre todo el sempiterno té saharaui, más fuerte y denso que el marroquí; vendedoras de telas senegalesas, tan ricas en colores y texturas; ofertantes de productos ultramarinos, por adjudicarles algún adjetivo, o lo que es lo mismo, puestos de ventas, como se conocieron en Canarias hace algunos años, tal vez demasiados; sastres y modistos, con sus máquinas de coser en exposición, casi como demostrando que son capaces que utilizarlas; y también, porque es imposible vivir sin ellos, cambistas y prestamistas que atienden detrás de mostradores de madera, una frontera real entre tener y no tener dinero.

Este pequeño mundo que parece irreal a los ojos del occidental no avisado, vive y pervive en los mercados africanos, no importa el país. Su forma de organización, desarrollada a lo largo de siglos, funciona a la perfección para las necesidades de sus usuarios, aunque corran el peligro de que las multinacionales del primer mundo les expliquen las bondades de los datafonos, aun cuando las tarjetas todavía no superan al fajo de billetes enrollados en los bolsillos. Cuando llegue el momento datafono, si llega, que llegará, se perderá ese sabor tan de otro tiempo, tan romántico, que despliegan esos maravillosos mercados africanos.

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