El levantamiento de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña (III)

Los años pasaron sin que nada reseñable ocurriera hasta 1524

17.07.2016 | 03:57
El levantamiento de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña (III)

La semana anterior les conté cómo la torre fue destruida en 1517 y vuelta a levantar poco después por Fernán Darias de Saavedra, que no se la entregó al gobernador Lope de Sosa hasta que se le pagaron los gastos de su intervención.

En 1519 el nuevo rey Carlos premiaba a sus cortesanos con gracias y sinecuras, entre las que se encontró el mando de la torre de Santa Cruz. Dos personajes cercanos a la Corte, los licenciados Zapata y Vargas, fueron designados alcaides de la fortaleza en lugar de los gobernadores de Gran Canaria. Como pretender gobernar la torre desde la corte era imposible, acordaron con don Pedro de Lugo, el hijo del gobernador Alonso de Lugo, que éste poseyera la tenencia de la torre en su lugar, a cambio del pago anual de 6.000 maravedíes y 10 onzas de ámbar gris a cada cortesano.

La iniciativa comercial de la torre pasaba así de la corona a don Pedro de Lugo, que trató de sacar el máximo rendimiento de las transacciones comerciales.

Los años pasaron sin que nada reseñable ocurriera hasta 1524, año en que las tribus locales, tal vez hartas de las continuas cabalgadas que sufrían anualmente, se unieron para atacar de nuevo la torre. La exigua guarnición resistió un tiempo breve hasta que tuvo que evacuarla ante el empuje de los moros en el verano de ese año. Se tiene noticia de que los africanos la "tomaron y derrocaron". Y como ocurrió en la ocasión anterior los castellanos enviaron una expedición que retomó la torre y la reconstruyó de nuevo.

Hay que hacer notar que en los alrededores de la fortaleza de Mar Pequeña no existía ninguna población importante, por lo que las fuerzas bereberes debían llegar desde territorios apartados y tras la toma y destrucción de la torre, volvían a sus lugares de origen, sin que para ellos tuviera mayor interés permanecer en el lugar donde se asentaba la fortaleza. De ahí que las sucesivas reconstrucciones no fueran estorbadas por los lugareños.

Don Pedro tuvo la posesión de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña hasta 1526, año en que renunció a seguir con ella. Uno de los cortesanos que poseían la alcaidía de la fortaleza murió sin descendencia y su mitad pasó a la Corona, que la encomendó a los gobernadores de Gran Canaria. Pocos años después, el otro cortesano renunció a su mitad y pasó la tenencia completa de la torre a los gobernadores grancanarios. En 1527, siendo gobernador Martín Cerón, dejan de tenerse noticias de la torre. El gobernador deja de percibir su sueldo como alcaide y los testimonios posteriores que nos llegan nos hablan de que la torre se encontraba destruida y los castellanos no podían refugiarse en ella. En 1530 dicha fortaleza aún no estaba reparada y "no salen barcos a saltear por no tener el refugio de dicha fortaleza". Contribuyó a este abandono el hecho, tan común en esa zona, del cambio del paisaje: "que el sitio estava casi perdido, porquel río donde estava edificada se cegó con arena y quedó casi en seco".

Esta es la historia, a grandes rasgos, de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña, el primer asentamiento canario en África. Treinta años de presencia permanente de castellanos y canarios en la costa africana que dejaron una huella que la arena del desierto se ocupó de borrar durante siglos.

Las siguientes noticias de la torre son esporádicas. En 1764 un comerciante norteamericano, George Glas, fundó una factoría pesquera en la ensenada de Mar Pequeña, aunque no hizo mención de restos de edificaciones en la zona. La ocupación fue efímera, pues Glas fue detenido por las autoridades españolas acusado de defraudar a la hacienda pública.

En un tratado firmado con el sultán de Marruecos en 1860, se concedía a España el territorio suficiente, "junto a Santa Cruz la Pequeña", para establecer un enclave pesquero. Sin embargo, por aquellos años no estaba claro dónde estaba la Mar Pequeña. En 1877, el capitán de navío Fernández Duro viajó al continente y decidió -no sabemos si con premeditación o con negligencia-, que la Mar Pequeña se encontraba en Ifni. Este dictamen fue contestado por varios estudiosos, que lo ubicaban también erróneamente en las desembocaduras de los ríos Shebika y Sus. Desde el punto de vista político interesaba más Ifni y este territorio fue convertido en el tratado con Francia de 1912 en la "nueva" Mar Pequeña.

Sin embargo, estos vaivenes políticos no hicieron referencia alguna a la existencia de una torre medieval en aquella zona.

El primero que dio noticia de la torre, identificándola como la de Diego de Herrera, fue el notario de Lanzarote Antonio María Manrique en 1878, a raíz de un viaje de exploración de la zona. Cuatro años después, el piloto Víctor Arana ratificó la existencia de restos en el lugar señalado por Manrique. Estas noticias tuvieron un eco local escaso que pasó desapercibido fuera.

En el próximo artículo referiré los avances en la localización de la torre perdida durante el siglo XX hasta el momento actual.

stylename="050_FIR_opi_02">gambin@bmgafrica.com

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