Análisis | Mirando a África

La fiebre del oro en Mauritania

Con tan solo excavar un poco, prácticamente en la superficie, un par de afortunados habían encontrado unas pepitas de oro. Oro del bueno

22.05.2016 | 02:00

Hace unos meses una noticia corrió como la pólvora en Mauritania. Con tan solo excavar un poco, prácticamente en la superficie, un par de afortunados habían encontrado unas pepitas de oro. Oro del bueno. Y este hecho ha provocado un fenómeno inesperado que no se sabe cómo va a terminar.

Hablar de oro en Mauritania no es nada nuevo. Las caravanas que cruzaban el Sáhara en la Edad Media iban en su búsqueda. Los viajes de descubrimiento de los europeos al comienzo de la Edad Moderna también lo tenían como objetivo. Y hoy día, en la región de Tasiast, existe una mina de oro ultramoderna explotada por la empresa canadiense Kinross.

La novedad del caso es que unos particulares se han hecho con unas pepitas usando tan solo un pico y una pala. El señuelo del enriquecimiento rápido, algo atrayente para cualquier persona en cualquier país del mundo, ha provocado una avalancha creciente de buscadores de oro en la región donde se encontraron las primeras muestras, Inchiri. Al día de hoy, unas treinta mil personas se han establecido en un improvisado campamento en medio del desierto, en unas condiciones más que precarias, al que han bautizado como Noughta Sakhima (el punto caliente). Y han llegado con lo que les cabe en el automóvil que hayan usado, que no siempre es un todo terreno. Las fotografías de las pequeñas pepitas sobre las manos de los buscadores pasan de un móvil a otro con rapidez extraordinaria. El reclamo es irresistible. Yo mismo he visto una de ellas. La verdad, no sabría decir si es oro o un tipo de pirita, pero parece oro. Y con eso basta para que se produzca la desbandada.

Esta imprevisible situación ha provocado varias consecuencias. Una de ellas es que los aparatos detectores de metales, que se vendían hace poco a doscientos euros, vayan ya por los cuatro mil. Otra es que no hay vehículos cuatro por cuatro en las agencias de alquiler. Todos han sido contratados por largos períodos. Y una tercera, es que al campamento que se ha creado en medio de la tórrida nada, no solo van los buscadores, sino también los especuladores: una garrafa de agua vale ocho euros. Y es que, en medio del desierto, el agua puede valer su peso en oro, nunca mejor dicho.

El gobierno mauritano decidió el 26 de abril tomar cartas en el asunto antes de que se le fuera de las manos. Estableció que, para buscar oro, había que pedir licencia. Solo la pueden pedir los ciudadanos mauritanos, circunscrita a un territorio determinado de unos mil ochocientos kilómetros cuadrados cerca de los terrenos que explota Kinross, con un precio de doscientos cincuenta euros y con una validez que expira a los cuatro meses. Estas condiciones no han echado atrás a los más de dieciséis mil peticionarios, a los que se suman diariamente decenas de buscadores de fortuna que no dudan en endeudarse para poder acudir al lugar donde moran sus sueños y probar suerte.

¿Qué ocurrirá? Como dicen ellos, sólo Dios lo sabe. ¿Alguien se anima?
gambin@bmgafrica.com

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