De patrulla sin tricornio

La Guardia Civil española está en Afganistán para formar a la policía afgana

11.08.2013 | 02:20
De patrulla sin tricornio
De patrulla sin tricornio

La veintena de guardias civiles que instruyen a la policía afgana han dejado de lado el tricornio y el verde de su uniforme para calarse la boina azul y vestirse de camuflaje árido para mimetizarse con el paisaje de las tierras afganas. Pero se han llevado consigo la esencia del cuerpo, ese compendio de deberes recogidos en su prontuario y los han transmitido. Así, prestar auxilio al desvalido, conocer a la población y el entorno donde trabajan también forman ahora parte del espíritu que anima la labor de la policía afgana.

Bajo el mando del comandante Clemente Castrejón, los guardias españoles afrontan su última misión como asesores de la policía afgana. Llevan algo más de tres años, desde marzo de 2010, instruyendo a los agentes que tendrán que velar solos por la seguridad de Afganistán cuando el Ejército español abandone el país asiático en los próximos meses. Han formado a más de 2.500 policías, trabajando con ellos codo con codo. Su legado es el embrión de una nueva policía más colaboradora y menos autoritaria para una nación destrozada.

Que la confianza y la complicidad es la base de la relación que han establecido los agentes españoles con los afganos se puede observar a simple vista. Sin embargo, los españoles nunca bajan la guardia. "Debemos tener un trato afable y, a la vez, actuar con mucho tacto.

Siempre cuidando los límites", puntualiza el comandante Castrejón.

Guardar las distancias es fundamental cuando de ello depende la supervivencia. Los miembros de este contingente, que proceden del Centro de Adiestramientos Especiales (CAE) de Logroño, tienen muy presente el asesinato en agosto de 2010 de dos de sus integrantes, el capitán Galera y el alférez Bravo, y el intérprete Taefik, que les acompañaba. Aquella pérdida les marcó para toda la estancia y les ha hecho ser extremadamente exigentes con sus medidas de autoprotección.

Salir a patrullar por la población de Qala i Naw con un grupo de guardias civiles es jugarse la vida, pero no quiero desaprovechar la oportunidad de ver de cerca cómo desarrollan su labor los agentes españoles en Afganistán, su interacción con la gente y la semilla que han plantado.

La salida requiere un trabajo previo de preparación de la misión, de analizar la zona y detallar cómo va a ser el recorrido. Sobre los planos de la población, los nombres originales de las calles escritos en darí –la lengua afgana– han sido sustituidos, que no traducidos, por otros en español. Así, Qala i Naw tiene su Gran Vía y sus calles Gerona, Cádiz o Altea.

El servicio del día consiste en presentarse sin avisar en una comisaría de la policía afgana y al final visitamos dos. El factor sorpresa es importante para evitar un posible ataque de insurgentes, al tiempo que sirve de examen para comprobar que los agentes afganos trabajan siguiendo el manual.

De la base parte un convoy compuesto por cuatro vehículos blindados y un grupo de guardias civiles equipados para la guerra. La dotación incluye casco, chaleco, pistola, fusil HK e intercomunicadores. Cada uno sabe quién es su ángel de la guarda, porque aquí se mantiene el trabajo en pareja como garantía de seguridad. Los periodistas vamos empotrados entre medidas de seguridad extremas y dentro de un vehículo blindado. Incluso llegamos a caminar por la zona del mercado, en las proximidades de la mezquita.

En la puerta de una de las comisarías objeto de la inspección, un policía limpia y engrasa su metralleta. Por fuera, las instalaciones tienen el aspecto de un edificio en estado ruinoso, con unas condiciones de habitabilidad muy deficientes. Los guardias civiles analizan el estado de las instalaciones y los medios con los que cuentan, al tiempo que les escuchan, analizan sus problemas y les ayudan a solucionarlos, así como sus métodos de trabajo y, cuando es necesario, les corrigen con tacto.

No abusar del poder es una de las enseñanzas que la Guardia Civil española trata de transmitir a los afganos. Usar la autoridad en su justa medida no le resulta fácil a una policía afgana hija de una guerra, que le ha acostumbrado a resolver los conflictos con palos y piedras. Los agentes españoles han tenido que trabajar con ellos esos aspectos y a enseñarles, por ejemplo, que la forma de hacer respetar las señales de tráfico de prohibido aparcar no es pinchar las ruedas a los vehículos que las desobedecen. La anécdota de las motos mal aparcadas con todas las ruedas pinchadas por la propia policía afgana permanecerá para siempre en el recuerdo de los guardias civiles que han prestado servicio en Afganistán.

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