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LAURA DOCAMPO Exigente y perfeccionista, este ingeniero industrial y hotelero ocupa un despacho en el que deja ver su pasión por el ejercicio físico, las antigüedades, el teléfono móvil y el orden.
José Fernando Cabrera ama el deporte. Practicó distintas disciplinas: natación, tenis y golf y de todas guarda una colección de trofeos que coronan la biblioteca de su despacho. "Me dediqué mucho, pero no tenía cualidades", dice con humildad. Se cataloga como "un aficionado medio", que no pudo cumplir su sueño de dar el salto a la competición profesional y que, desde que asumió la presidencia de Ashotel -en 2006- ha colgado los guantes por falta de tiempo.
Coleccionista de mapas y libros, reconoce que su costado nostálgico lo hace sentir atracción por las antigüedades. De hecho, en su despacho guarda con mimo una gramola y un puñado de mapas de las islas con siglos de historia.
Un retrato suyo de cuerpo entero decora una de las paredes y en la contigua la biblioteca aguanta montañas de documentos y estudios sobre turismo.
Las horas de cada una de sus jornadas de trabajo se reparten a partes iguales entre la presidencia de la patronal de hoteleros de la provincia tinerfeña, Ashotel, y la gestión de sus tres hoteles: Royal Garden, Green Garden y Gran Oasis.
Comienza muy temprano, sobre las seis y media. Se levanta con la radio y mientras desayuna devora cinco periódicos. Asegura que es difícil que termine de trabajar antes de las nueve de la noche y con ese ritmo no es de extrañar que no tenga tiempo para practicar ejercicio, como a él le gustaría. "Ashotel me ha costado el deporte. Ahora sólo lo practico los fines de semana", dice con un poco de pesar.
Puntilloso, y extremadamente ordenado, confiesa que si lo sacan de su rutina se pierde. "Soy un hombre de sistema y de terminar todo lo que empiezo. No me gusta dejar nada pendiente para mañana porque si hoy tengo que resolver diez temas y dejo cuatro, mañana tendré 14 y no podré atenderlos todos", explica.
Son poco más de las nueve de la mañana y móvil no deja de sonar. Una de sus asistentes le trae un cortado en su oficina de Santa Cruz, donde funciona la central de reservas de sus hoteles. Es una casa antigua, de muros anchos, suelos de baldosas antiguas y techos altísimos, que admite que la eligió porque es "un romántico".
Como jefe se define como "exigente y perfeccionista", aunque relaja las tensiones al añadir que también es "comprensivo". En dos de sus tres establecimientos alojativos hay una fémina en el sillón de la dirección. No es casual, tiene un porqué: "creo que las mujeres son más detallistas, que cuidan más los aspectos que consideramos importantes para nuestros clientes, como son la comida, la decoración, la satisfacción de los usuarios y hasta la manera de sorprenderlos".
Ingeniero industrial, además de hotelero, comenzó a desarrollar su actividad profesional en el Ayuntamiento de Puerto de la Cruz, en 1972. En 1978, dio el salto, por oposición, al Cabildo de Tenerife. Repasar su trayectoria lo hace reflexionar sobre su perfil multifacético. "Es verdad que he hecho muchas cosas, aunque ahora estoy centrado exclusivamente en el turismo", asevera seguro de que ha llegado al sector "justo en el peor momento". Nunca hubo tantos nervios ni tanta preocupación en esta industria", confiesa. Por eso apuesta por mantener al colectivo "muy unido". En esa difícil tarea de reconciliar los intereses de empresarios del turismo rural con una habitación y multinacionales con 15.000 camas pasa sus días. "No es fácil, pero para eso estamos", finaliza.
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