Análisis

Las traiciones a la memoria de Leoncio Rodríguez

Si Leoncio Rodríguez viera lo que se escribe hoy tras su busto y se interpreta de su obra por aquel sobrino al que acogió y que luego heredó las riendas de su periódico, lo mínimo que haría es llevarse las manos a la cabeza. Pero nunca es tarde para poner a la Historia en su sitio.

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Retrato de Leoncio Rodríguez sin fechar.
Retrato de Leoncio Rodríguez sin fechar. Publicada en ´Leoncio Rodríguez. la prensa y el nacimiento del periodismo informativo en canarias´
Retrato de Leoncio Rodríguez sin fechar.

DANIEL MILLET | SANTA CRUZ DE TENERIFE
Si Leoncio Rodríguez viera lo que se escribe hoy tras su busto y se interpreta de su obra por aquel sobrino al que acogió y que luego heredó las riendas de su periódico, lo mínimo que haría es llevarse las manos a la cabeza. Pero nunca es tarde para poner a la Historia en su sitio.

Las proclamas por un independentismo canario sin ese enemigo llamado Gran Canaria, los comentarios contra los inmigrantes –denunciados por alentar la xenofobia y el racismo–, los insultos y descalificaciones contra políticos y periodistas, las peticiones de que se expulse a todos los "godos" de las Islas, la magua de franquismo o esa escritura atropellada e indigesta no son nada, sobre todo para las mentes más eruditas, comparado con la traición de los editoriales del periódico El Día a la gloria y memoria de Leoncio Rodríguez, fundador del rotativo madre, La Prensa, y uno de los mejores periodistas y pensadores que ha dado el Archipiélago. Ni siquiera el revisionismo chavista a la figura de Simón Bolívar ha llegado a tales incongruencias como el protagonizado por el editor-director de El Día, José Rodríguez, a la sazón sobrino y heredero de la víctima, cuando sin ir más lejos en el comentario del pasado miércoles aseguraba: "Son tan atrevidos [en referencia a esos monstruos que ven los ojos quijotescos de Don José], que sin haber conocido a Leoncio Rodríguez, sin saber que fue un patriota guanche e independentista como ninguno...". Bla, bla, bla... ¿Leoncio Rodríguez indepenqué...? ¿Leoncio guanche?

Pero más increíble incluso que decir que Leoncio Rodríguez (1881-1955) fue independentista se antoja el hecho de ocultar todo ese ideario reaccionario, que protagoniza José Rodríguez diariamente sobre todo en los últimos seis años, bajo una ilustración que reproduce los bustos de Leoncio Rodríguez que se conservan en la misma sede del periódico –de la santacrucera avenida de Buenos Aires– y en la avenida La Milagrosa de su La Laguna natal. Porque esas encíclicas dominicales, así como esas perlas de entre semana, no las firma su autor o inspirador, ya no se sabe exactamente qué. Si el tío Leoncio levantara la cabeza y viera lo que se escribe en su nombre... Porque decir y hacer así al amparo de un fundador tan a las Antípodas resulta cuando menos una conspiración contra la Historia.

"Liberal", "regionalista", "ecuánime hasta la manía", "republicano" o "reformista". Son algunos de los adjetivos que le han brindado quienes lo conocieron o quienes estudiaron a fondo la vida y obra de este personaje polifacético, "delgado como vara de membrillero, ensimismado y serio, alto y moreno", como lo describe María Rosa Alonso en Leoncio Rodríguez: editor y escritor. Se trata de un ensayo incluido en una edición especial de 2005 de la Real Sociedad Económica del País, de entre tantos otros monográficos sobre alguien a quien otro intelectual, Julio Antonio Yanes Mesa, profesor de Historia de la Comunicación de la Universidad de La Laguna, llegó a atribuirle la cualidad de "una visión progresista, ecologista y solidaria de las islas Canarias". Hablamos de la Canarias feudal de principios del siglo XX, de una Canarias que casi se puede decir que empezaba a poblarse (Santa Cruz tenía cuando él nació, el 12 de abril de 1881, 16.319 habitantes), azotada por un analfabetismo enquistado que superaba con creces el 60 por ciento de los habitantes y por un caciquismo demoledor.

De hecho, en una España que venía de la Restauración y el bipartidismo Cánovas-Sagasta; la España del cólera, del asesinato del jefe de gobierno Antonio Cánovas del Castillo y, poco más tarde, de los desastres de Cuba y Filipinas, Leoncio Rodríguez ya pudo darse por agraciado al poder acudir, con 11 años, al instituto Cabrera Pinto de La Laguna, entonces Instituto General y Técnico de Canarias, pese a proceder de una familia humilde –aunque emprendedora– llegada a La Laguna desde Buenavista del Norte. Era el único centro oficial docente de todas las Islas y por aquellos claustros agustinos pasaron los nombres más ilustres de la cultura canaria de entonces, como un joven Benito Pérez Galdós, al que no le quedó otro remedio para obtener el bachiller que viajar a Tenerife. Leoncio Rodríguez obtuvo el título, que en esa época le otorgaba el derecho a ser tratado como Don. Pero no alcanzó para mandarlo a estudiar, como él deseaba, a la universidad: en aquel entonces no había en Canarias y la única salida era la Península.

No tenía medios, pero le sobraba ya de muy joven talento, abnegación, inteligencia y una notable capacidad de sacrificio que contrastaba con su aspecto desgarbado y frágil entre Kafka y Martí. El resultado: una educada y cultivada rebeldía contra aquel estado de cosas putrefacto de aquella Canarias que lo vio crecer sin remisión. Hasta tal punto voló que sólo pudo detenerlo la dictadura franquista, que ya es decir, dejando eso sí unos buenos años en los que sus posicionamientos prorrepublicanos, prodemocráticos y proconstitucionalistas resultan tan antagónicos a los que hoy le endosa o defiende José Rodríguez –en el estilo como en el contenido–, que tan sólo bastaría con desempolvarlos para percibir en toda su dimensión las grotescas formas en el espejo. "Estas viejas y caducas organizaciones, sin programa, sin espiritualidad, sin orientación moderna, serán siempre un escollo para los ideales regionalistas". "No es el Regionalismo, contra lo que algunos suponen, una regresión o un caso atávico que desmiente el espíritu de solidaridad universal. El Regionalismo constituye una fuerza renovadora y es germen de fecundas energías...".

Esto escribió en Tenerife. Impresiones y comentarios, obra de Leoncio Rodríguez en la que pese a su juventud fijó los parámetros ideológicos que marcarían su trayectoria. Y si esto lo dijo él, esto dijo de él el comentado Yanes Mesa, posiblemente quien más lo ha investigado. "Más explícitamente diría que Canarias, como las demás regiones españolas, necesitaba desenvolverse y crecer en plena posesión de sus derechos, de sus tradiciones olvidadas, pero con ansias e ideales solidarios... Esta ausencia de inquietudes independentistas subyace en toda la obra de Leoncio Rodríguez, que continuamente aludía a las Islas como peñas españolas, al tiempo que elogiaba a los isleños que salvaguardaron la soberanía de España en el Archipiélago".

Son párrafos tan reveladores como el que sigue: "Leoncio Rodríguez no tuvo hijos, pero tuvo sobrinos, y ya se sabe eso de que a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos". Su autor es –qué curioso– uno de esos sobrinos, el Gran sobrino: Don José Rodríguez. Y eso que el actual editor-director de El Día se fue a vivir con Leoncio, por el fallecimiento de su padre, cuando sólo tenía 11 años. "Con Leoncio se aprendía fácilmente la sinceridad, la honorabilidad de cabo a rabo y, por supuesto, la profesión que él ejercía", añade José Rodríguez en un breve artículo incluido en el especial antes comentado de la Real Sociedad Económica del País.

Establecer una teoría sobre cuánto aprendió, comparando las obras de discípulo y maestro, merecería otro análisis aparte y tirar de otras disciplinas, aunque las conclusiones se podrían resumir en una palabra: nada. Puede ser que el literario, reflexivo y relativista modo de expresión del mentor se convirtiera en un caldo de cultivo para que determinadas mentes obtusas y ególatras sacaran interpretaciones fundamentalistas, pero lo cierto es que ese nacionalismo moderado y republicano tan leonciano, a pesar de defender la capitalidad regional en Santa Cruz de Tenerife, nunca cayó –ni por asomo– en las descalificaciones a los grancanarios, y menos en los ataques soeces, los anacronismos guancheros ni toda esa retahíla de odios tan de Don José. Leoncio defendía la idiosincrasia local y reclamaba autogobierno, pero siempre dentro de un orden constitucional y un lenguaje cordial, moderado y pulcro. "No realicemos labor negativa, no prediquemos el odio en nombre de viejos hábitos, de ideales llenos de mugre y telarañas con que se pretenden disfrazar antagonismos de personas coreadas por gentes ignaras o codiciosas (...) De los rescoldos de la hoguera a que arrojemos nuestras costumbres, surgirá remozada, embellecida, purificada la sociedad isleña en que han de formarse nuestros hijos". "A nosotros, acaso", prosigue Leoncio Rodríguez en una de sus reflexiones escritas, "no nos sea dado sino demoler lo que otros han de edificar. Más de todos modos, las piquetas, jóvenes, os reclaman; socavad hasta los sillares más profundos; destruid las teogonías políticas que quieran amurallarnos contra toda corriente de progreso...".

María Rosa Alonso subrayó que "el periodista tinerfeño se salvó del naufragio del regionalismo". "Leoncio habría de defenderlo toda su vida. No se fue a América o a Madrid; se quedó en la Isla, pero no de funcionario burócrata, sino tallando su vida en la entonces problemática profesión liberal y arriesgada del periodismo", añadió la ensayista y profesora tinerfeña que tan bien lo conoció. Empieza pronto, apenas con 18 años, colaborando e incluso coordinando diferentes revistas y periódicos, actividad que compagina con un puesto como funcionario del Ayuntamiento de La Laguna con el que se gana el sustento; o sea, unas 80 pesetas al mes. La Región, La Luz, El Tiempo, La Laguna, El Obrero, Siglo XX, La Propaganda, El Noticiero Canario, La Lid...

Bajo su nombre o con pseudónimos como Luis Roger y Phsquis, Leoncio Rodríguez demuestra su amplitud de miras ya en el amanecer al pasar de periódicos politizados a despolitizados con la misma facilidad con la que trabaja para publicaciones republicanas, conservadoras y proletarias. Esa fue precisamente la principal clave, la de no venderse a nadie pero dar al mismo tiempo oportunidad a todos, gracias a lo cual La Prensa, liberada de vasallajes bajo su fundación y gestión, pasa de ser un tabloide recién nacido, raquítico, monótono, rudo, sin medios y con no más de 500 ejemplares de difusión diaria, a convertirse en el líder indiscutible de la prensa tinerfeña, con más de 6.000 ejemplares de tirada diaria (hubo picos todavía mayores), una redacción de más de una veintena de profesionales (algo insólito en aquel tiempo) y una maquinaria de montaje e impresión de primera línea.

En realidad, El Día no nació hace 100 años. El que nació hace un siglo fue La Prensa –lo cumplirá el próximo 15 de octubre–, en una época crucial para Canarias y el mundo: la Ley de cabildos de 1912, la creación de la Sección Universitaria de Canarias en La Laguna (1913), la primera gran guerra europea... Se autodenominó Diario Republicano, valía 5 céntimos y "ya desde el principio se ganó a la pírrica minoría intelectual isleña ajena a la política de partido que buscaba, simple y llanamente, información", como matiza Yanes Mesa.

Un insularismo regionalista sin ataduras, las formas cuidadas y unos contenidos culturales en franca progresión terminaron con el tiempo por destrozar a una competencia cegada por las dependencias partidistas. Ahí estaba el conservador El Tiempo, el liberal La Opinión, los republicanos Diario de Tenerife y El Progreso, o hasta un medio católico, Gaceta de Tenerife. Crecía La Prensa y crecía Leoncio, hombre que huyó siempre de los compadreos, los agasajos y los condicionantes de cualquier tipo tanto como un gato del agua. Hay un detalle que enmarca su sensibilidad y apuesta creativa. Leoncio convence a doce escritores residentes en Tenerife para publicar en el periódico cada uno un capítulo de una novelita que llevaría por título el del primer relato que abriera la serie. Máxima culpa fue el elegido, de Benito Pérez Armas. Leoncio escribió el sexto capítulo.

Aún cuando fue una terrible hecatombe, la I Guerra Mundial da el primer gran empujón a los periódicos por el aluvión de información que empieza a llegar a los lugares más recónditos como Canarias. El segundo se produce gracias al primer gran estirón económico del Archipiélago, conforme avanzan los años 20, a remolque de la agricultura y sin que la dictablanda de Primo de Rivera supusiera un obstáculo insalvable para la libertad de expresión. Incluso, La Prensa tuvo la suerte –porque se puede considerar como tal– de encontrar un opositor que lo motivara: en 1927, el astuto Víctor Zurita monta La Tarde, que pronto fuerza a La Prensa a reactivarse.

Todo parecía encaminado. Sin embargo, estallan el golpe de Estado, la Guerra Civil y la victoria de la dictadura franquista. La Tarde se suma al régimen. Leoncio Rodríguez se resiste, en un nuevo ejercicio de coherencia liberal y democrática, y suspende la edición de La Prensa. Pero los insurrectos le arrebatan la empresa y la fusionan con el órgano falangista Amanecer, criatura que se bautiza con el nombre de El Día. El martes 14 de febrero de 1939, La Prensa se despide con este texto: "Acordada la fusión para constituir un órgano periodístico portavoz de las normas y principios del Movimiento Nacional de la provincia de Tenerife, desde mañana, 15 de actual, cesará La Prensa su publicación y comenzará un diario titulado El Día (...)".

Ya no fue el mismo y el hecho de seguir firme en sus convicciones, a pesar del marcaje del régimen, sólo le sirvió para sufrir una radical marginación por parte de los adláteres del caudillismo que poblaban el deprimente mundillo cultural. Fue tras su muerte, en 1955, cuando los golpistas restituyeron la empresa a los Rodríguez. Leoncio se había cobijado en la literatura y la naturaleza. Su sobrino y a la postre principal heredero, José Rodríguez, se terminó refugiando en él, deformando su figura. Y lo peor de todo es que la traición continúa.

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