GREGORIO CABRERA | ARRECIFE
Ocurrió así... Otro suspiro del desierto, muy cálido y familiar, volvió a penetrar en el habitáculo de Aminatu Haidar en el Aeropuerto. Laila, su hermana, aterrizó en Lanzarote al filo de las diez y media de la noche. Llegó desde Gran Canaria tras partir anteriormente de El Aaiún, donde llevaba varias días reclamando una visa para visitar a la pacifista.
Se la vio sonreír –la sonrisa Haidar– en la terminal de llegadas, al ser recibida por la comunidad saharaui y los miembros de la plataforma.
Poco después accedió al oscuro cuarto donde la pacifista se bate con la muerte. En menos de cinco minutos, y con el gesto descompuesto, visiblemente conmocionada, abandonó la estancia.
Se sentó en una acera, lejos de las preguntas y de los focos. Se la vio rota, rodeada por personas que trataban de consolarla. Hoy regresará al Aeropuerto para verla otra vez, hecha a la idea de que su hermana está en un círculo que se cierra.
Cada gesto, hasta el más leve movimiento de su mano, se ha convertido en una tortura para Aminatu Haidar, que hoy cumple 32 días en huelga de hambre. El principal de sus ángeles guardianes, Edi Escobar, confirmó ayer que se han multiplicado sus problemas para incorporarse y postrarse en la silla de ruedas y que sufre frecuentes náuseas.
Mientras, otros miembros de la plataforma explican que su úlcera sangrante arde como un volcán en erupción. A esto se suman unos problemas para tragar líquidos que han reducido de manera sensible la ingesta de agua con azúcar, hasta el pasado fin de semana cuantificada en un litro y medio con doce terrones diluidos. Ya ha dejado de cumplir, y no por deseo propio, con esta dieta que tarde o temprano desemboca en la muerte. Sobre todo si, como es el caso, empieza a incumplirse. El tic tac suena más fuerte.