D. MILLET | SANTA CRUZ DE TENERIFE
osé Rodríguez Ramírez, editor-director de El Día, escribía antes del pleito insular y de todo lo demás menos de la independencia. Hablaba de los barrios de Santa Cruz, de ahorrar antes de que llegara el Carnaval, de la necesidad de un mayor control para las guarderías, del Festival de Música de Canarias, de la sequía en La Palma y La Gomera, de las actividades para las personas de la tercera edad... Escribía (o escribían para él) hasta de la defensa de los animales y, ojo, de prevenir la xenofobia. Así dice el editorial del 29 de enero de 1995: "Además, ¿cómo compaginar la política gubernamental de atracción de inversiones con la incoherencia de que algunos, bajo cuerda, robustezcan xenofobias y estimulen rechazos a lo foráneo?".
Poco tienen que ver los editoriales de El Día desde el momento en que Rodríguez comienza a escribirlos diariamente, entre finales de los ochenta y principios de los noventa, y poco tienen que ver desde que en 1957 el mismo Rodríguez se hace responsable de la empresa editora del diario, con los que –nunca sin firmar con su nombre– protagoniza a partir del gran incremento en la llegada de cayucos y pateras de 2006 y, sobre todo, desde que el 25 de febrero de 2007 inaugura una matraquilla independentista fanática que se mantiene machaconamente casi todas las mañanas. España nos empuja a una rebeldía pacífica se titula, sin ir más lejos, el de ayer, que concluye: "Nos repugna vivir sometidos como siervos (...). La libertad es un don precioso. España tiene que abandonar Canarias a los canarios. Para que Canarias sea una nación libre, soberana, rica y feliz".
El Pepito Rodríguez constitucionalista nunca hizo bandera de la españolidad de Canarias, eso es cierto; pero tampoco coqueteó –ni siquiera sutilmente– con el separatismo, hasta el punto de que bajo su mandato, y la dirección del siempre moderado Ernesto Salcedo, su periódico llegó a denunciar con rotundidad los peligros del terrorismo chafalmeja de una facción del Mpaiac de Antonio Cubillo en los años de mayor actividad terrorista, entre 1976 y 1977. "Cuidado con la llegada de la sangre a la calle. Mucho cuidado porque la paciencia de los canarios está en el borde estricto y ya nadie ríe con las payasadas de un barato mercenario argelino...", escribe El Día en un editorial especial en primera página el 2 de noviembre de 1977 tras varias acciones violentas, sin grandes incidencias, de los sectores más extremistas del cubillismo primigenio. "Mucho cuidado han de tener los ciudadanos que claman por la autonomía y que, hastiados de olvidos centralistas, quieren la facultad de autogobierno", añade el artículo ¡Muchísimo cuidado!
Es más, ya con José Rodríguez al mando del editorial dominical y del Comentario de El Día de entre semana, se dio la bienvenida al Gobierno de Aznar o se llegó a reivindicar la obligatoriedad del servicio militar en el Ejército español. "En la creencia de que las gestiones del nuevo presidente y de su gabinete beneficiarán a Tenerife, a Canarias, a España, saludamos y deseamos lo mejor, y mucha suerte, a José María Aznar", escribe el 5 de mayo de 1996, mientras el 15 de junio del mismo año señala: "Con semejante panorama [la proliferación de objeciones de conciencia para evitar la mili], la realidad es que los cuarteles españoles se pueden quedar más vacíos antes de que se suprima el Servicio Militar Obligatorio".
Bajo un nacionalismo nada histriónico y muy próximo a las tesis de la ATI profunda, el editor-director de El Día nunca dejó de apoyar toda reforma que diera a Canarias un tratamiento específico: lo hizo con el Estatuto de Autonomía, con el REF, con el IGIC, con las subvenciones de Europa a la ultraperificidad, con la necesidad de que el Estado incrementara las partidas públicas para el Archipiélago, con toda medida que incrementase la capacidad de autogobierno de las administraciones isleñas... Pero siempre en el más absoluto respeto al marco constitucional español y al marco europeo, que han dado a Canarias las mayores cotas de desarrollo de su historia. Y siempre bajo la canarionfobia, que exhibía tanto en sus artículos como en su vida privada. Cuantas veces durante sus habituales visitas a la peluquería de Calderón de la Barca, muy cerca de la sede del periódico, lo oyeron clamar a favor de la doble autonomía y contra Gran Canaria y sus ansias de quedarse con todo y arrebatárselo a Tenerife... El hecho de que no se revelara contra el franquismo y permitiera que El Día luciera en su cabecera el yugo y las flechas del movimiento nacional tampoco se podía interpretar como una repentina españolidad de Pepito Rodríguez pues era obligatorio en la dictadura.
Él mismo recuerda a sus íntimos que dos de sus días más gloriosos fueron el 28 de noviembre de 1988 y el 18 de abril de 1989. Esas dos fechas, miles y miles de tinerfeños se echaron a las calles de Santa Cruz de Tenerife para oponerse frontalmente a una universidad en Las Palmas de Gran Canaria. El mismo periódico El Día cifraba en más de 300.000 las personas asistentes –fue mucha gente, pero nunca semejante cantidad–, en unas páginas llenas de alardes hacia un tinerfeñismo quijotesco que no abandonará nunca, ni aunque lo maten, como él mismo matiza cada vez que le dan oportunidad. "Ofensivas canarionas en plenos carnavales", "Ni una cesión más de Tenerife al sanedrín de Las Palmas", "Gran Canaria nos quiere robar la Universidad"... Cada editorial agrandaba el pleito insular, alimentaba fantasmas y leyendas pepitianas, calaba en los sectores más permeables de la sociedad tinerfeña, pero aún así se le seguía adulando y se le seguía dando calles, placas y demás distinciones, como la Medalla de Oro de Tenerife otorgada por 25 votos a favor y una abstención por el pleno del Cabildo Insular el 6 de febrero de 1995, cuando Adán Martín era presidente y Paulino Rivero, portavoz de los nacionalistas de ATI.
Pero entonces llegó la inmigración, llegaron los comentarios denunciados por xenófobos y racistas, llegaron los artículos de Antonio Cubillo, la publicación en El Día de la Constitución de la República Federal Independiente de Canarias y la influencia de separatistas del entorno de Miguel Zerolo, alcalde de Santa Cruz, y de otros que, como José Luis Concepción, defienden un inclasificable soberanismo neofascista, protinerfeñista y anticanarión que tiene desubicados hasta a muchos de los separatistas de toda la vida. Entonces vinieron las soflamas editoriales contra España, las insistentes reivindicaciones de soberanía, los recordatorios del genocidio de los guanches, la famosa portada del reciente Consejo de Ministros y el desfile de personajes residuales y grotescos por las páginas del periódico que jamás habían soñado con semejante notoriedad. Quien lo ha visto y quien lo ve. Aquel José Rodríguez que pedía la asistencia a los drogodependientes, que hablaba del sol y las enfermedades de la piel, que abogaba por medidas a favor de los discapacitados... Nada queda de aquel don Pepito amplio, fervoroso católico, que adoraba al Teide y a los tajinastes, y luchaba contra la pobreza y la exclusión. Qué tiempos...