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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 29
    Octubre
    2013

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    Riegel ha matado a los ositos de gominola

    Hace sólo cinco años todos los días eran fiesta mayor en España y el que no tuviera tres hipotecas que pagaba con el gorro, dos amantes que vivieran de gorra y un rolex en cada garra es que era tonto del bote o un aguafiestas. Ahora, en cambio, todo son rigores austeríacos y está mal visto hasta mojar el pan en la yema del huevo, no sea que volvamos a cogerle sabor al dispendio. En estos tiempos cenicientos nunca dejamos de buscar ansiosos nuevos motivos para la amargura.

    La última cucharada de aceite de ricino que he tenido que tragarme se la debo a un alemán llamado Hans Riegel, que falleció el pasado 15 de octubre a los 90 años de edad. Este empresario renano no tuvo en toda su larga vida más vocación que la de trabajar, trabajar y trabajar. Decían que era uno de los modelos de la austeridad que Angela Merkel predica e impone. Riegel nunca se dedicó a la especulación financiera ni acumuló deudas en el balance de su empresa. No soplaba para hinchar ninguna burbuja, como los demás. A diario contactaba por teléfono con los jefes de su compañía para evaluar su marcha y asegurarse de que todo seguía en orden. Riegel sólo trabajaba, trabajaba y trabajaba. Sin el trabajo, decían, su vida no habría tenido sentido.

    Semejante trayectoria vital -que puede ser muy encomiable, no digo que no, pero que es un poco aburrida para dedicarle unas líneas-, apenas me habría importado un comino si yo no hubiera descubierto hace poco cuál era el producto que Riegel fabricó con tanto ahínco durante toda su vida. Este adicto al trabajo era el propietario de la marca de golosinas Haribo, la multinacional que fabrica millones de ositos de gominola con sabores de fruta. Esos ositos capones habitan un país tontiloco donde ni llegaron los recortes ni llegará jamás la austeridad. Un estado libre poblado por ingrávidas criaturas donde uno puede cogerse un globo de chuches fenomenal y pasar la tarde flipando. Más o menos como fue España el lustro anterior.

    Pero ya ven qué desilusión y hasta qué punto la tijera nos está dejando en los huesos hasta las fantasías. Ahora resulta que dentro de cada uno de esos ositos hay un alemán con una fusta.

     

     

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