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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 07
    Junio
    2012

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    La tarta de cumpleaños de Adolf Hitler

    El pequeño Adolf Hitler se quedó sin tarta de cumpleaños y también sin padres por llamarse Adolf Hitler. Heath y Debora Campbell, matrimonio residente en Flemington, Nueva Jersey (Estados Unidos), querían que sus hijos llevasen nombres originales para que no fueran como otros niños más del montón. La personalización de objetos de todo tipo, sean móviles o automóviles, resulta algo imprescindible en estos tiempos en los que el individualismo más feroz linda con la más despiadada masificación. Por tanto, nada más coherente y necesario que tratar de personalizar a las personas, otorgándoles etiquetas (nombres) lo más distintivos posibles. Los Campbells tuvieron una idea genial al rescatar un hashtag que había sido todo un trending topic hacia la mitad del  pasado siglo XX, pero que últimamente andaba en franco desuso. Tal etiqueta tenía pocos seguidores a causa de algunos acontecimientos de carácter gaseoso relacionados con ella. En resumen, que llamaron a su hijo Adolf Hitler.

    Una vez garantizada la relevancia social que el muchacho iba a tener -imagínenselo en clase de gimnasia: "Venga, Adolf, a la ducha"- este matrimonio estadounidense decidió hacerle el mismo regalo a sus siguientes hijos. A la segunda la llamó Nación Aria y  la tercera Honszlynn Hinler, ésta última en recuerdo de Heinrich Himmler, quien dirigió las SS, un monstruo que llenaba los campos de concentración por la mañana y por la tarde, con su vocación de moralista recalcitrante y minucioso, escribía a sus oficiales exigiéndoles puntualidad total a la hora de saldar las deudas que tuvieran contraidas con los bancos. Hay que ser ejemplares, les pedía.

    Llegó el cuarto cumpleaños del pequeño Adolf Hitler y los Campbells, siempre atentos con sus pequeños, le encargaron una tarta en una cadena de supermercados, donde se quedaron lívidos al descubrir el nombre que tenían que escribir con manga pastelera. Denunciaron el asunto y los servicios sociales se hicieron cargo de los tres pequeños, acusando a Heath y a Debora de maltratarles, aunque al parecer no existe evidencia alguna de que así sea y los padres aseguran que las pruebas contra ellos han sido "fabricadas". Todo eso ocurrió en 2009 y desde entonces llevan luchando por hacerse con la custodia de su particular IV Reich.

    Ahora los Campbells acaban de tener un cuarto retoño, al que han llamado Hons, se supone que por no seguir provocando, pero de poco les ha servido pues las autoridades también se han llevado al bebé del hospital, a las pocas horas de que Debora diera a luz. La acusación es la misma: maltrato. Y la defensa de los padres también la misma: de maltrato, nada. No somos neonazis y el único pecado que cometimos, sostienen, es  pasarnos de originales a la hora de bautizar.

    ¿Se puede llamar a un niño Adolf Hitler? ¿Se puede querer a un niño que se llame Adolf Hitler? ¿Se le puede llevar al parque con otros niños? ¿A la catequesis para que haga la Primera Comunión? ¿A Polonia de vacaciones? Las palabras no son las cosas mismas, pero en general a los humanos nos lo parecen. Al fin y al cabo, somos lenguaje: la humanidad no es más que pura palabrería. Por eso inventamos el eufemismo, para distanciarnos del horror, del miedo que algunas palabras nos causan. Por ello hay empresarios que llaman "descontratar" a despedir, monarquías que hablan de "cese temporal de la convivencia" cuando quieren hablar de un divorcio o dirigentes políticos que están haciendo un "rescate suave"  del sistema financiero español y lo que están haciendo realmente es tapar el gigantesco agujero que nos ha dejado la codicia. La de un puñado de ejecutivos y también la de muchos de nosotros, que estamos endeudados hasta las orejas.

     

     

     

     

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