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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 19
    Septiembre
    2015

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    La "moda" de las falsas víctimas de los atentados del 11-S

    El cómico estadounidense Steve Rannazzisi es el último impostor que hemos de añadir a la ya larga lista de seres humanos que se han inventado, total o parcialmente, su vida. Este actor, en una entrevista que concedió en 2009, contó que el 11 de septiembre de 2011, había logrado escapar del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Estaba, dijo, en la Torre Sur, donde, detalló, trabajaba como gerente de cuentas en el piso 54 para la consultora Merrill Lynch. Aquella trola, y la intensidad dramática con la que la reveló al mundo, le reportó bastantes frutos. Comenzaron a hacerle ofertas de trabajo y durante siete años protagonizó la serie “The League”, sobre la liga profesional de fútbol americano, la NFL. El bueno de Steve, con su mandíbula cuadrada de universitario sportman, también brilló con luz propia en la hora que los sábados por la noche tiene el espacio Comedy Central, un club de la comedia que es el Olimpo de los monologuistas estadounidenses.

    A la mentira de Rannazzisi no le faltó detalle alguno: había estado fumando marihuana con su mujer, Maron, en la terraza del edificio poco antes de que el primer avión impactase. Entonces se desencadenó el fin del mundo, que debió pillarlo relajadísimo gracias al peta, se supone. Al poco de producirse la colisión, y antes de que el segundo avión se estrellase contra la Torre Norte, él y su esposa ya habían conseguido llegar a la calle. Tras asistir desde la misma “zona cero” al histórico ataque, Steve le habría confesado a su mujer que la vida era demasiado preciosa como para seguir perdiendo el tiempo. Así comenzó su carrera artística.

    La impostura le duró catorce años. En el reciente aniversario de la catástrofe del 11-S, se descubrió que Rannazzisi no aparecía en los registros de Merril Lynch. Sí estaba ese día en Nueva York, pero en el Midtown, a 30 manzanas del lugar del impacto. Ahora ha iniciado su penitencia y no deja de disculparse. A través de un comunicado de prensa declaró: "No estaba en el Trade Center ese día. No sé por qué dije eso. No hay excusas. Lo siento mucho, mucho. Durante años, más que nada, deseé en silencio poder borrar de alguna manera una historia contada por un hombre inmaduro. Es lo que más me avergüenza. ¿Cómo les diré a mis hijos que sean honestos cuando yo no lo fui respecto a esto?".

    Buffalo Wild Wings, la cadena de restaurantes que lo convirtió en su imagen de marca, al considerarlo la más auténtica encarnación del espíritu norteamericano, está a punto de rescindirle el contrato. Los mentirosos (que han sido descubiertos) no venden.

    La mentira del cómico ha dejado boquiabiertos a miles de estadounidenses. Jean Kim no es precisamente una de ellos. Esta escritora y profesora de Psiquiatría en la George Washington University escribía hace unos días en su blog del Washington Post que urdir una mentira existencial en torno al 11-S se han convertido ya en una patología propia. Así lo cuenta: “La primera vez que oí hablar a un paciente sobre un familiar que había muerto en los ataques al World Trade Center del 11-S, sentí una tristeza silenciosa, el dolor de todos, que aún estábamos recuperándonos. El ataque había sido apenas dos meses antes. Aunque me dejó un poco perpleja la falta de la emoción y de naturalidad de aquella persona, descarté mis recelos pues sabía, como aprendiz de psiquiatría en Manhattan, que cada uno había sentido aquel dolor a su manera, así que anoté la información en su expediente. Pero la segunda vez que un paciente me contó algo acerca de una muerte el 11-S, y luego un tercero, con una inexpresividad similar, y a menudo acompañada de otros problemas importantes, como la falta de vivienda, abuso de drogas o depresión, empecé a hacerme preguntas. Puedo recordar al menos 10 casos similares de personas que decían que tenían un hermano, un hijo, un primo o a sus padres muertos en el ataque”.
    A la doctora Kim, en principio, no le pareció especialmente extraña aquella afluencia de víctimas del 11-S. Después de todo, aquel atentado se cobró 3.000 víctimas en Nueva York. Tantas coincidencias entraban dentro de lo posible. A ella misma le había pasado: había tenido una cita con un chico que había salvado la vida milagrosamente al perder el vuelo en el avión que se estrelló en Pensilvania.

    Pero algo seguía sin encajar del todo.

    Uno de los pacientes le contó la historia de su hijo, que había crecido en una unidad de quemados, a consecuencia de las heridas causadas por el atentado. “Pero el nombre del hospital cambiaba cada vez”, anota la doctora Kim en su blog. “Y cuando llamé al hospital que esa persona me había mencionado más recientemente, no tenían constancia de su hijo”. Otro paciente que le había contado que había perdido a sus padres en uno de los aviones estrellados, admitió después que todo era mentira. La psiquiatra comenzó a denominar a aquellas mentiras “La marca del 11-S”. Por eso no le sorprendió en absoluto que Steve Rannazzisi se hubiera marcado también con ese signo de los mentirosos, como tampoco escandalizó a la doctora Kim la historia de la catalana Alicia Esteve, conocida en EE UU como Tania Head y que llegó a protagonizar la mayor impostura en torno al 11-S: llegó a presidir la asociación de víctimas de los atentados pese a que ni si quiera estaba en Estados Unidos cuando aquellos dos aviones derribaron los orgullosos símbolos gemelos de su economía y poder. La historia de Alicia/Tania está contada en el documental “La mujer que no estuvo allí”.

    ¿Pero por qué, de todas las mentiras que flotan en el mundo de la fantasía, de todos los disfraces que el ser humano puede elegir para convertirse en otro, muchos norteamericanos escogen precisamente el de víctima del 11-S? La doctora Kim sostiene que “los pacientes en cuyo informe aparecía la referencia a una muerte en el día de los atentados probablemente iban en busca de algún tipo de ganancia secundaria. Buscaban recibir la simpatía social que no hubieran alcanzado jamás por sufrir otras situaciones en su vida o, en el peor de los casos, para conseguir determinada medicación o poder acceder a beneficios especiales”.

    En el caso de Ranazzisi, la doctora Kim asegura que no conoce los motivos –“De hecho, él asegura que tampoco los conoce”-, pero lo que sí está demostrado es que la mentira le ayudó a poner en marcha su carrera.

    En psiquiatría, dice esta psiquiatra de la George Washington University, “clasificamos el concepto de mentira patológica en dos campos principales: conscientes versus motivación inconsciente por mentir. Los pacientes son claramente conscientes de la mentira en sí y que ésta resulta altamente manipuladora de sus acciones, pero sus motivaciones para hacerlo pueden variar”. A juicio de esta experta, la mentira del cómico puede integrarse en la llamada “mentira consciente” o "simulación" en términos psiquiátricos; un estafador, vamos, cuyo comportamiento veces se relaciona con el trastorno de personalidad antisocial. El objetivo es “una ganancia secundaria clara y consciente, por lo general monetaria”, subraya la doctora Kim.

    Pero también hay mentirosos “inconscientes”, añade esta experta. Pacientes que sufren trastornos ficticios “ya sean físicos o mentales, con el fin de jugar el papel de enfermo. Una forma extrema de este trastorno es el síndrome de Munchausen, en el que una persona, a veces con algún tipo de educación o formación en ciencias de la salud, falsifica intencionalmente una enfermedad médica en sí misma, o peor aún, en sus hijos, a fin de recibir cuidados y atención. También hay pacientes afectados por una "pseudología fantástica."Los pacientes se sienten obligados a recitar de un tirón historias fantásticas muy detalladas acerca de sí mismos que no son ciertas”, explica Juan Kim, que considera que esas motivaciones “inconscientes” de los impostores “se relacionan con fuertes necesidades no satisfechas durante el desarrollo de la infancia, como abandono por parte de los padres o abuso, lo que les lleva a buscar permanentemente formas de atención y afecto, incluso en formas autodestructivas o manipuladoras”. Ese es el caso, señala del doctora Kin, de Tania Head/Alicia Steve que, aunque provenía de una familia catalana adinerada, lo que ella buscaba era la fama.

    La psiquiatra Jean Kim afirma que los atentados del 11-S supusieron un cambio radical en la psicología estadounidense y ser víctima de ese ataque brutal actúa desde entonces como “pararrayos” de la enorme simpatía social que inmediatamente suscitaron los supervivientes. Asegura esta doctora que ningún otro acontecimiento histórico ha suscitado tantas falsas alusiones en los testimonios de sus pacientes. “Es el poder de la infamia”, sentencia.
    Pero hay algo más. Jean Kim no condena a las personas que se aferran con sus mentiras “a los faldones de la simpatía y de la generosidad de la gente” pues, en última instancia, son pacientes “vacíos y tristes que aprovechan esa capacidad sin precedentes para la caridad”. El verdadero problema está en el resto, en nosotros, en los que no somos supervivientes ni víctimas ni del 11-S ni de ningún otro evento catastrófico. El problemas está en “la gente normal”, en cómo envolvemos de atenciones a unas víctimas (aquellas que sufren determinadas situaciones que adquieren relevancia por lo que sea) mientras que a otras las dejamos en la orilla del olvido. Unas víctimas son más “cool” que otras. Unos cadáveres nos resultam más exquisitos que otros. Y esto viene a cuento porque no dejamos de hablar y de preocuparnos y de mostrar nuestra más profunda solidaridad hacia los refugiados sirios. Pero durante años hemos dejado morir, también ahogados a las puertas de Europa, a miles de emigrantes que no venían perseguidas por la guerra en Siria. Sólo les perseguían los demoledores efectos de la opulencia en la que nos bañamos quienes vivimos a este lado del muro invisible que divide al planeta entre cielo e infierno.

     

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